Foro universitario. Filosofía. Literatura. Argumentación. Ciencia. Salud. Arte                         
en Realidad y ficción
 
  Realidad y ficción  Revista Lindaraja. Revista de estudios interdisciplinares  ISSN:  1698 - 2169  
 

 

Revista Lindaraja

 

 

Temas de actualidad

Revista Diotima

 

Exodus

Herminia Pérez Cifuentes

                                                 

                                                 11 de enero de 2009

             El siglo XX comenzó con la promesa, especialmente inglesa, de una tierra para los judíos. Luego vino la Primera Guerra Mundial. Hubo muchas ayudas, muchos agradecimientos, muchas deudas y favores que pagar…  La Segunda Guerra Mundial no sólo cambió el mapa político sino que trajo un cambio ideológico muy acusado debido especialmente a la crueldad extrema con que habían sido tratados los judíos en Europa. Todo el mundo se sintió responsable de una manera u otra. Porque, todo hay que decirlo, les costó a los países europeos abrir sus fronteras a la emigración, e incluso los propios judíos, exceptuando los americanos, no movieron un dedo a favor de su propia gente que sufría y moría a manos de los nazis en el viejo continente. Pienso que fue fundamentalmente el gran sentimiento de culpa, siempre pernicioso, el que allanó el terreno hasta conseguir que la ONU en 1947 repartiera Palestina. Hay que recordar que los romanos dieciocho siglos antes los dejaron sin patria.

            Ben Gurion, el máximo activista de la causa sionista, dijo que había que “erigir un Estado de inmediato, incluso si no es en todo el territorio. El resto vendrá con el tiempo. Tiene que venir (…) Estoy seguro de que nos estableceremos en otras partes del país, ya sea mediante acuerdos con nuestros vecinos árabes o por otros medios” (citado en El muro de hierro). Estas palabras dichas a su hijo, nos dan idea de las intenciones que tenía el que  finalmente y no mucho tiempo después, proclamaría el nacimiento del Estado de Israel (14 de mayo del 48). Poco a poco, ya habían comenzado los desplazamientos del pueblo palestino. Citando de nuevo a Ben Gurion en 1947, antes incluso de que los británicos abandonasen esa tierra, dijo:”Apoyo el traslado obligatorio –se refería, claro está a la población palestina y añadió: No veo nada inmoral en ello” Creo que reflejan muy bien la mentalidad con la que los sionistas se fueron instalando en Palestina.

            Como tantas veces sucede se manipuló a la opinión pública vendiendo una imagen de los judíos vagando por el mundo o aún peor, permaneciendo en los campos de concentración, sin tener a dónde ir. Gracias a los historiadores, hoy sabemos, hace tiempo que lo supimos, que la mayoría de ellos había elegido Francia, el Reino Unido o EEUU para instalarse. Son muchos los datos históricos, cifras, fechas y nombres propios con los que puedo avalar mis afirmaciones, pero no quiero despistarme por esas selvas de datos. Quiero ir a lo esencial, a lo que me ha impulsado a escribir este artículo: la injusticia. Denunciar, una vez más, que los hombres que hacían la alta política utilizaron el sufrimiento de muchos supervivientes del Holocausto como instrumento político. Los mostraron al mundo sin ningún pudor en barcos viejos, hacinados, desnutridos y enfermos. Como ejemplo cito el barco que da nombre a este artículo, el Exodus, nombre por cierto muy oportunamente elegido. ¿Cómo no dar la tierra prometida a esos rostros de ojos hundidos?

            En 1947 se formó una comisión investigadora: la UNSCOP (Comisión Especial de la ONU para Palestina). El Alto Comité Árabe la trató con desprecio, inclinando así la balanza aún más si cabe hacia los intereses sionistas, los cuales fueron mucho más inteligentes y utilizaron hasta espías para adelantarse a los deseos de dicha comisión. Así, poco a poco, sibilinamente,  fueron unos armándose con la mejor tecnología y formando uno de los ejércitos más modernos del mundo apoyados por EEUU, Rusia y las grandes fortunas de judíos norteamericanos y otros, desorganizados, indisciplinados y pobres, lanzaban voces amenazadoras y ponían a la opinión pública en su contra. Porque unos y otros perpetraban atentados, como ejemplo me viene a la memoria la masacre de Bombay, la organización yihadista lanzando cohetes o el atentado por parte de Irgun contra el Hotel King David que mató a 91 persona. En definitiva, unos y otros mataban y matan, cada uno como puede pero los sionistas contaron desde un principio con el apoyo internacional para instalarse en una tierra y poco a poco, han ido arrinconando a los palestinos y apropiándose de todo. Fue Truman el que más apoyó y forzó el Estado de Israel. Era el presidente entonces y quería volver a serlo. El voto de 6 millones de judíos norteamericanos era significativo.

            Todo eso ya es historia pero no ha comenzado mejor el siglo XXI. La ultraderecha más conservadora, la ideología religiosa extremista con su intolerancia, la avaricia que hace que se hagan promesas a unos y otros sin intención de cumplirlas, tienen el suelo del planeta repleto de guerra y miseria. Y hace que mi primer impulso ante las imágenes de Gaza, el Congo o los negros que llegan a nuestra costa en patera, sea posar la mirada en otras cosas, pero me encuentro con la cara de mis hijos o de los amigos que vienen a jugar con ellos a casa y me obligo a mirar a esos niños ensangrentados que no lloran mientras esperan, con los ojos fijos en un punto cero, en la cama de un hospital desvencijado.  Han abandonado la niñez antes de aprender a jugar. Miro y observo la niñez en la morgue, envuelta en sábanas blancas y rojas y las caras de sus mayores impotentes y callados, gestando más y más odio, la única defensa ante tanto horror. Luego una arcada me llega ante la visión de los espectadores-excursionistas de la frontera de la franja de Gaza-  y de los políticos de salón y se agolpan en mi mente muchos, muchísimos adjetivos de los que sólo puedo escribir alguno como estúpido, cruel, malo que podría acompañar de verbos que los hacen  más  reales: un padre meciendo suavemente en sus brazos a su hijito muerto, una madre a la que se lo arrancan del regazo destrozado, muerto y también mutilado; niños famélicos al lado de padres que ya nunca podrán protegerlos.

            Estoy leyendo un libro de Amos Oz, “Una historia de amor y oscuridad”. Dice en un momento del libro, que aprovecho para recomendar: “Oyeron las voces de júbilo en las calles judías, quizás se asomaron a la ventana para ver los escasos cohetes que rasgaron la oscuridad del cielo, apretaron los labios y callaron. Hasta los papagayos callaron. Y calló el chorro del estanque del jardín. A pesar de que ni Katamón, ni Talbia, ni Baqah (barrios de Jerusalén) podían saber aún que cinco meses más tarde caerían por completo en manos de los judíos y en cada casa de piedra rojiza abovedada y en cada villa repleta de cornisas y arcos se instalarían otras personas…”  Mientras escribo estas palabras que a mi me suenan bellas y tristes, fuera la nieve lo cubre todo; es un deslumbrante espectáculo. Mi perro tumbado cerca de un radiador me mira, lo miro y bajo la mirada. Me da vergüenza pertenecer a la peor especie depredadora que ha tenido la historia del planeta Tierra., ese cuyos recursos tan mal repartimos. Porque también cuesta entender que con 20º bajo cero alguien decida cerrar el grifo del gas permitiendo que sus semejantes lleguen a morir de hipotermia. Esta noticia y Gaza ocupan las páginas de  los principales diarios, pero no olvidemos las pateras o El Congo, no menos cruel y sí más solitario. Quizá por proximidad o porque estamos muy acostumbrados a que la muerte siempre esté en África por un motivo u otro, nadie ha salido a la calle a protestar por las violaciones –mueren más mujeres por este motivo que por malaria, cólera y fiebre amarilla-, por la corrupción y la miseria en un país rico en recursos en cuyo suelo se están cometiendo hoy, ahora mismo, las mayores atrocidades de que es capaz el ser humano.

            Sólo saco una cosa en claro: Siempre sufren los mismos.

 

                                                                       Herminia Pérez

 

Inicio de la página

 

   
 

© Foro de Realidad y ficción. Editora: Mercedes Laguna González. Todos los derechos reservados, 2004-2008. Baza (Granada). España