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Revista DIOTIMA DE MANTINEA Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

 

 

 

 

Revista Diotima

 

 

Número 6

Junio de 2008

 

 

 

 

 

 

 

Una desolación

Yasmina Reza

Ed. Anagrama, Barcelona 2000

 

 Comentario de

DOMINGO CÍA LAMANA

 

 

 

Yasmina Reza nació en París, donde se habían conocido y casado sus padres. Su padre provenía de Moscú y era descendiente de una familia judía, refugiada en Uzbekistan, había sido expulsada de España por la Inquisición. Su madre era violinista y provenía  de una familia de judíos húngaros.

Yasmina hasta la publicación en 1999 de su primera novela "Una desolación", era conocida por sus obras de teatro: Conversaciones después de un entierro, La travesía del invierno, El hombre del azar. Su obra teatral Arte (Anagrama, Barcelona 1999, le encumbró a la fama, tanto o  más que sus actuales viajes de acompañamiento periodístico a Sarkozy.

 

Yasmina en Arte tiene el poder de acceder a la broma y la risa  sin pasar por la banalidad y la frivolidad, abordando así el universo masculino, sin feminismos, sin resentimiento y sin concesiones. Todo comienza cuando Marcos  paga doscientos mil francos por un cuadro completamente blanco, lo que desencadena la ira de Sergio, quien corre a contarle todo al siempre despistado Iván, cuyo terror a cualquier tipo de enfrentamiento lo lleva a tratar  de acabar con el conflicto entre sus amigos, logrando no sólo hacerlo más grande, sino también cavar su propia tumba emocional. Para Sergio, Marcos es un snob y un pedante. Para Marcos, su amigo es un retrógrado y un insensible. El pusilánime de Iván les da la razón a los dos,  hasta que casi explota cuando tanto Marcos como Sergio le exigen que decida entre la amistad de uno o la del otro, para luego unir fuerzas y acabar con el debil.

El conflicto real no está en el cuadro blanco, ni siquiera en lo que representa, sino en lo que significa para los tres el que uno de ellos haya hecho algo que los otros encuentran sin sentido y cuyo objetivo no alcanzan. Sergio se siente desplazado por el cuadro, pero es incapaz de manifestar sus verdaderos sentimientos ante Marcos, mientras que este, ofendido de que no aprecien su obra de arte, ataca en vez de hacer saber que está  herido. Es decir nos encontramos ante una auténtica fiesta de desplazamientos psicológicos: nada está allí donde se sitúan las palabras. Los sentimientos verbalizados están señalando las verdaderas heridas ocultas. La comicidad que captan los espectadores - a veces con sonoras carcajadas- es a causa de la escenificación del juego del escondite al que con tanta frecuencia nos apuntamos los adultos.

Este señalamiento de una presencia ausente, también podría ser el verdadero  espacio lúdico desde donde habría que entender el  arte contemporáneo, sobre todo el pictórico. Cansado (el artista pintor) de ficcionar sentidos y simbolizar  lenguajes excesivos, sencillamente pretende jugar, provocar, decorar. Ha muerto el arte, un lienzo blanco cubre su rostro como el de un muerto, pero a su alrededor tres adultos siguen  despertando  pasiones, lanzando prepotencias , buscando desesperadamente la amistad para ahuyentar el miedo. La salvación  y el sentido el hombre lo busca ahí, en el reconocimiento del otro, en la amistad, más que en cualquier tipo de discurso racional. Uno de los actores lo expresa taxativamente:"Todo lo que ha hecho que el mundo sea el mundo, todo lo que ha sido bello y grande en este mundo, no ha nacido nunca de un discurso racional: será un producto que nace y se queda en el hombre".

 

UNA DESOLACIÓN

 

El destinatario del monólogo de la novela Una desolación también está ausente: durante las 114 páginas de la corta novela,  el hijo no interviene, no pregunta, no interfiere. Resulta siempre un provocante e  intencionado vacío  Un padre, ya anciano, un tanto estrafalario y escéptico se dirige en un apasionante monólogo a su hijo para sincerarse delante de él. Sin embargo, no se puede reducir  a estos dos adjetivos la personalidad del protagonista que durante su exposición  está demostrando una personalidad mucho más compleja y rica, oculta tras su inmensa  desolación.

Una pregunta sobre la búsqueda de la felicidad, parece recorrer toda la intención de la novela: "Me gustaría que me explicaras la palabra feliz" (pág. 9) " ¿Y tú qué quieres? ¿Qué quieres hijo mío?" (pág. 42).

 Moviéndose Yasmina Reza dentro del espacio nocturno de la vida humana, la vejez  y su escepticismo, logra magistralmente ficcionar un anciano lleno de sabiduría que va rompiendo los lugares comunes y tópicos. Ahí radica la intención provocativa y transgresora de la novela: sólo cuando  se ha llegado a las últimas secuencias de la vida se puede  denunciar que el "oficio de hombre" no se acaba sólo en la búsqueda de una felicidad, lograda frívola e impunemente  a cualquier precio.

Sólo entonces se puede "luchar contra la bobería de la existencia", y hacerse con la sospecha de que debajo de las grandes palabras: Tolerancia, Progreso, Paz,  se esconden trampas de vacío. "Las mentes selectas de nuestro siglo. Tan convencidas de ir a alguna parte. Tan contentas las pobres de predecir algún acontecimiento final... ¿Qué esperan? ¿Qué progreso? ¿La paz? Un horizonte sin abismos, sin contradicciones. Sin hombres. La paz de las almas muertas. Día tras día el mundo  me habrá empequeñecido. Un mundo de manipuladores de palabras"  (pág... 65)  Son los interrogantes, en forma de grito, que se pueden lanzar cuando alguien se siente finalmente excluido del futuro: "Estoy excluido para siempre del futuro. ¿Cómo ha ocurrido? Odio los días. ¿Dónde están los días, los auténticos? El estancamiento me mata " (pág. 64). Y es que la oportunidad ya ha pasado, como tratará de indicarle su anciana amiga Geneviève: "No podemos traducir lo que sentimos porque cualquier expresión ya ha tenido lugar en otro tiempo y todo lo que usted pueda decir es inútil y anacrónico y mentira. Amigo mío, acepto beber con usted esta noche todo lo que quiera, pero usted, que ama mi risa, observe la catástrofe, tengo los ojos llenos de lágrimas" (pág. 65).  Había encontrado a su antigua amiga en el parque floral de Longchamp, después de años.  Genevieve era  la amante de su antiguo amigo ya muerto. Ante ella hará la confesión persistente en todo el monólogo. Cuando se ama se cultiva a ciegas las gracias del hechizo. Ahora han llegado  a ser "ciudadanos de un mundo donde el deseo ha dejado de existir... Un mundo sin tierra prometida, sin ardores, sin victorias ni derrotas, un mundo en el que la impaciencia es inútil de una vez para siempre.",  convertido sencillamente en una arrabal de hombre" (pág. 52)

 

Conforme iba leyendo la novela me iba certificando en la primera impresión que me produjo. Aquellas construcciones literarias de Yasmina Reza   tenían que ver con la filosofía del filósofo coetáneo suyo: Ciorán. Seguro que lo ha tenido en cuenta.  El protagonista podía repetir las afirmaciones que Ciorán había hecho en una de las entrevistas recogidas en el libro Conversaciones (Tusquets Barcelona 1997):” Me parece que lo verdaderamente hermoso en la vida es no tener ya la menor ilusión y realizar un acto de vida, ser cómplice de algo así, estar en total contradicción con lo que sabes. Y si en la vida hay algo misterioso, es precisamente eso: que, sabiendo lo que sabes, seas capaz de realizar un acto negado por tu saber....

 

Estoy tratando sencillamente de acotar para la información del lector unas citas, que  posiblemente por lo que van a tener de fragmentarias , rompen la grandeza de la construcción literaria, desde mi punto más apta para configurar  un monólogo teatral que para construir una novela.

Las  referencias que hace sobre  su esposa y a su misma hija resultan mucho más agresivas y distantes que cuando se refiere a su hijo. "Tu hermana quiere cultivarme... según ella sería menos espeso si leyera... educar a unos hijos que te acaban recomendando en la  recta final, la literatura y el Museo Picasso". (pág. 49) La hija trata de confabularse con él: "Siempre te has interesado por la política". El padre contestará. "Te equivocas querida. Me intereso por los acontecimientos del planeta, como Lionel (su amigo) observa desde su ventana coches y transeúntes. Indiferente a todo, a excepción del movimiento". Y cuando su hija afirma,  tratando de darle ánimos desdramatizando la vejez: "envejecer consiste en  desarrollar una autoparodia", contesta rápido: "Envejecer es acabar de una vez con la compasión” para acabar indicando "La muerte está en nosotros. Poco a poco todo se funde y asemeja. Hijo mío, a partir de cierta edad todo da exactamente igual y ya no sirve de objetivo (pág. 52). En este contexto de la muerte afloran en el protagonista las inquietudes judías de Yasmina, conocedora del Talmud. "En la mística judía, por la cual nunca te has interesado, y sin duda por mi culpa,  se dice que hay que agitar a Dios para que aparezca... Dios no existe pero se le hace sitio, damos un paso atrás para que venga al mundo y todos los días varios veces al día y durante toda la vida, la única realidad está en uno mismo ... el mundo consiste en lo que nosotros queremos impacientemente". (pág. 42)

La relación con el hijo - al cual expresamente está dirigido su monólogo, oculta una decepción ("una desolación") más sentida. Sencillamente no entiende su "adaptación" y " el haber canjeado la fiebre por la mesura":  "En la blanda perversidad de tu inercia veo distanciamiento y quizás una pizca de condescendencia. Si me he equivocado, en cualquier caso, ha sido contigo. He creado un perfecto extranjero" (pág.80). Al padre le hubiera gustado que el hijo no se pareciera al resto de la humanidad. Lo que es bueno para la humanidad no era bueno para el hijo. Pero su hijo ha acabado siendo un adoptado: "He engendrado un hombre adaptado", pese a que en su adolescencia existía una alteración nerviosa, una obsesión de revancha, un lado ardiente. "pasados los hervores de la juventud, recuperaste tu lugar en la medianía" (pág. 83).

 La crítica, también se convierte en autocrítica: “Día tras día el mundo me ha empequeñecido y hoy es el mundo el que se empequeñece en mí. Así es que la vida habrá podido más que yo. Nada llega a la altura del deseo, hijo mío. Sólo la soledad. Toda mi vida ha transcurrido entre esas dos palabras. Esas palabras trazan mi intervalo en el tiempo. Parece que Dios se ha retirado a fin de crear un espacio donde ya no esté.. Dios que era Todo y no conocía la ausencia, ha tenido la catastrófica idea de retirarse para que otros experimenten esta maldición... Aceptar lo bueno que nos ofrece la vida, había dicho el muy imbécil. ¿Qué me ha ofrecido, cretino, que no haya  tenido que  arrebatarle? La única realidad está en uno mismo. La única realidad, Arthurd, está agazapada en mis deseos. No hay ninguna ofrenda del mundo" (pág.84).

 

Y sin embargo al protagonista de este largo monólogo de la novela no le han faltado los sueños: " ¿cómo renunciar al imaginario y para ir adónde? Ella me gustaba porque estaba chiflada, decía sí, decía no, sí y no al mismo tiempo, me gustaba porque no la entendía..., ya ves, muchacho, incluso ahora la reinvento..., me gustaba porque nunca me cansaba de desearla, porque era una ilusión incesantemente postergada, mis señuelo más absoluto" (pág. 93)

 

 

La grandeza de la descripción crece conforme nos acercamos al final de la novela. Si ficcionar en cualquier obra narrativa es importante, y no olvidamos que ficción es lograr algún tipo de "pintura" - si queremos ser fieles s a su etimología-,  el cuadro que logra Yasmina es inmenso, sugerente. Me ha costado elegir fragmentariamente alguna cita: es imponente la totalidad del cuadro que ha logrado la autora. Se pueden seguir los hilos del tapiz que va elaborando: textura de sus paradojas, dirección de sus apuntes enigmáticos,  pero la maravilla es la totalidad. La autora añade música a la letra del monólogo (a partir de la pág. 98) del protagonista, que junto a Geneviève se convierte en diálogo:”Cantos judíos para violoncelo y piano. Pienso que no es fortuito sino completamente necesario para atender el detalle de todos los sentidos: Bailemos, Geneviève, antes de nosotros no había nadie y después no habrá nadie. El mundo avanza, pero inútilmente. Bailemos... Me alegro de volver al invierno. Tal vez desde ese lejanía desde donde me llega la predilección por las luces grises y desde esa lejanía desde donde el sonido de las cuerdas me llega siempre como una supervivencia" (pág. 103)

 

        Es sorprendente encontrarse con una autora tan joven, que ha captado con respeto y elegancia los análisis del distanciamiento escéptico de un anciano: sólo entonces, en el paso de los años,  aparece un pensamiento no sumiso todavía a la necesidad de la fe o del saber. Una reflexión sobre la vida que no tenga que partir de la obligación de que este mundo, esto que nos pasa y que somos, sea algo razonable ni posible y tenga que ir, desde el principio, lastrado y condenado por la finalidad de encontrar solución.

     "Hijo mío, ya no puedo, ya no puedo en absoluto hablar con quien no duda, con quien se ha atrincherado en una simplificación común, con quien me pone delante, en bloque una visión edificante del mundo." (pág. 96) Lo que encuentra el anciano en el mundo que le rodea es rigidez de visión y simulacros de pasión, lo que recrimina al hijo es la falta total de ambición.

 

        

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 © Domingo Cía Lamana

 © Revista Diotima. Número 6, junio de 2008

 

 

 

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