A
Eleonora.
El diccionario
define al libro como “un conjunto de muchas hojas de papel u otro
material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”.
Para Jorge Luis Borges era un paralelepípedo de seis caras con
portada, portadilla y pie de imprenta. Julio Cortázar consideraba
que los libros son el lugar más tranquilo de la casa. No falta quien
diga que, además del perro, el libro es el mejor amigo del hombre.
Estas
son buenas frases. Pero no te confundas. En realidad, si bien es
amistoso, el libro es también un sujeto peligroso. Ten cuidado.
Cuando nos acostumbra a su encantamiento, ya no podemos vivir sin
leer.
El libro no ata con una cadena, pero nos mantiene quietos.
Nos aparta de las cosas del día y nos lleva a su propio mundo. Podemos viajar,
sin movernos. ¿Qué parece magia? Claro que sí. Aunque algunos son
mejores que otros, y aunque pudiera haber un “mal libro”, siempre
proponen algo que también parece cosa de magia: el desafío de
comprenderlo.
Miremos
un libro escrito en árabe, o en chino. ¿Qué quieren decir esos
signos extraños? Son incomprensibles, salvo que uno sepa árabe o
chino. ¿Has leído algo sobre la Piedra Roseta, escrita en un antiguo
dialecto latino, que halló un ejército de Napoleón en el siglo XVIII?
Es un tema apasionante que podemos tratar en otra conversación.
Imagínate, un libro escrito en piedra.
Todos
los libros, aun los escritos en castellano, tienen sus dificultades
para ser comprendidos. Por ejemplo, si no sabemos leer. ¿Sabías que
en Santiago del Estero hay aproximadamente cincuenta o sesenta mil
personas que no han tenido la oportunidad de ir a la escuela, o
tuvieron que dejarla porque tenían que trabajar? Si sumamos las
personas que se olvidaron de leer, por falta de medios o de
estímulos, el número se duplica.
Entonces, lo primero es poder leer. Saber leer, y tener una calidad
de vida tal que nos lo permita, a nosotros y a todos los miembros de
nuestra comunidad. Tener los libros cerca, como amigos con los que
se puede conversar. Es mejor si hay una biblioteca en la escuela, en
el pueblo o el barrio. Y si no la hay, pues podemos formarla.
Por
suerte, siempre hay otro que habla de un libro. Puede ser el abuelo
o la mamá; puede suceder en la escuela o la sala de espera del
dentista, o una conversación escuchada en el colectivo. Alguien dice
algo sobre un libro, y nos da ganas de leerlo.
¿Y de
qué hablan los libros? Más fácil sería decir de que no hablan. El libro nos trae el poema oportuno cuando estamos
enamorados, y el consuelo cuando estamos tristes. La técnica precisa
de la jardinería y la horticultura,
el método de la guerra y el arte de la paz, cómo hacer batik, los
modos del ceremonial en la antigua China,
el mate y todo lo que hay que saber sobre el modo cebar,
las especies tintóreas nativas y su aplicación en el tejido,
la duda ante la página en blanco,
la historia de la eternidad,
qué le sucedió a un semiótico en prostíbulo argentino,
o los derechos humanos contados a los niños, con ilustraciones
convenientes de mitos recién inventados.
Algunos
piensan que la proliferación de libros es excesiva. Samuel Schkolnik
recomienda “No escriba” en un irónico ensayo, pero en realidad nos
está dando la recomendación de un escribir provocativo.
Como
los libros contienen algún saber, y por lo tanto la posibilidad de
la sabiduría (claro que en su carozo, y no siempre en el primer
bocado) mucha gente los ha visto como peligrosos. Por eso a veces
los libros han sido escamoteados, incinerados,
ocultados en cavernas en ambientes secos y salobres,
o extraviados voluntaria y culposamente ante la amenaza de los
enemigos del conocimiento. Por suerte, en la actualidad nuestra
sociedad ya no cree tanto como antes en la censura, y los libros son
recomendados, editados, comprados, robados, pirateados o
fotocopiados.
A los
autores de los libros también les han sucedido cosas asombrosas, que
ya quisiera narrar Vilas Mata.
Uno escribió un solo libro toda la vida, otros fueron amenazados,
encarcelados, celebrados y veces convertidos en iconos vivientes. Se
los honra en mausoleos y mesas redondas. Muchos son descubiertos
muchos años después de su muerte. Aquél fue omitido, y el otro,
perimido. Tiene suerte el que ha sido discutido, y mucha más el que
no se la ha creído. Además, está el oculto, el que firma con
pseudónimo y hasta el que es, simplemente, anónimo.
Pero
además, los objetos llamados libros tienen su historia. He visto
unos de piedra, y sé que los hubo de cera y de cuero, de algodón
hilado y de metal, de arcilla y de cortezas, de hilo anudado. ¿Cómo
no mencionar al libro de arena? Esta etapa del libro mineral y
vegetal, luego del papiro y el papel y la imprenta, se multiplica en
el silicio y la pantalla, en Internet, el nuevo libro de mil hojas.
El
libro es, como ya se darán cuenta, misterioso. A veces, hasta nos da
miedo. Porque nos han dicho que muerde. Y es verdad. Pero sólo el
que ha sido “mordido” por los libros sabe que no se trata de dientes
sino de sabores, de aromas, de saberes, de curiosidades y pasiones,
de entretenimiento y de necesidad de saber.
Como
pájaros, los libros vuelan. Están hechos sólo de alas, que por
cierto parecen hojas. Cada uno tiene un contenido, y a menudo
mensajes. Un libro es botella al mar, barrilete en la punta del
viento, secreta apuesta pronunciada en una jabonería e impresa
clandestinamente,
y hasta un modo de conquistar a alguien.
Es
cierto que a veces no podemos comprarlo. Pero mil veces peor es el
tiempo que pasamos sin darnos cuenta de lo bueno que es leer.
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DRAE:
“Libro”, Microsoft®
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©
Alberto R. Tasso.
Sociólogo y escritor,
investigador del CONICET y profesor de la Facultad de Humanidades de
la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE). Integra la
Comisión Directiva de la Biblioteca Sarmiento y atiende la sala de
lectura de la Biblioteca Popular Amalio Olmos Castro. Fue delegado
del Fondo Nacional de las Artes en Santiago del Estero desde 2003
hasta 2006. Ha publicado varios libros de poesía, cuentos,
sociología e historia, entre ellos Manual del bibliotecario
aficionado. En 2002 se graduó como Doctor en Historia en la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Con Pablo Tasso coordina el sello Barco Édita.
© Revista
Diotima
