REALIDAD Y FICCIÓN                                                                     LECTURA, COMENTARIO, CREACIÓN                                                                                                                                                                                   Edición de la página

Revista DIOTIMA DE MANTINEA Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

 

 

 

 

 

 

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Los escritores y la escritura

                                             Alberto Tasso

 

 

 

¿Qué significa ser “escritor” o “escritora”, hoy? La pregunta no es tan fácil de responder como parece.

Admitimos que escribir es una actividad intelectual, que se ejerce en formatos que clasificamos por el tipo de producto: narrativa, poesía, ensayo, crítica, etc. Salvo en el caso de la crítica, esas disciplinas están muy poco organizadas, y por lo tanto son, antes que otra cosa, prácticas sociales solitarias y poco conocidas.

Reconocemos una novela, pero sabemos poco del novelista o del escritor en general. La mayoría de lo que se lee y se escucha se refiere a las celebridades. Pero ellos son como la parte visible de un iceberg, los adelantados de una pequeña multitud.

La idea elemental de que escritor es todo aquel o aquella que escribe, en el sentido de componer textos, es buena pero riesgosa. Obliga a incluir a los periodistas, a los científicos, a los que se ganan la vida escribiendo discursos para otros, etc.

Exigir que un escritor escriba “libros” no resuelve las cosas: ¿debemos considerar escritores a los autores de Matemáticas y Cosmografía, Manual del Subteniente, Motores a Explosión, o La cría del cerdo en gran escala? Técnicamente, todos los que escriben libros son autores, pero sólo algunos de ellos son considerados escritores por los demás, o por sí mismos.

Usualmente se considera escritor en sentido pleno sólo al narrador “literario”, en el sentido de ficcional. Esto plantea algunos problemas. Algunos críticos consideran que el texto historiográfico, aunque basado en hechos, es narrado con criterios de selectividad y composición que son literarios en sentido estricto.

Muchos autores de libros de autoayuda, marketing, divulgación científica, religiosidad, ocultismo o filosofía, dan importancia a la secuencia argumental, al impacto de los comienzos y los cierres, y atrapan a su lector con leyes no demasiado diferentes de las que aplica un autor de best-sellers. Esto vale para autores tan conocidos (y distintos entre sí) como Anthony De Mello, Leo Buscaglia, Carl Sagan, Peter Drucker, Víctor Sueyro o Fernando Savater.

No obstante, y esto es lo sorprendente, la palabra “escritor” no ha perdido su eficacia, su capacidad de alusión y su prestigio. Eso sí, parece claro que en este tiempo no se ve como escritor sólo al narrador de ficciones: el concepto ha crecido, porque han crecido las funciones del lenguaje: se escribe más, se publica más y se venden más libros.

Las técnicas de la composición literaria ya no están reservadas al especialista: basta fijarse en la profusión de libros que las exponen. La enseñanza práctica (áulica) de la escritura, en cambio, es casi inexistente, permanece limitada al cenáculo de los talleres literarios. Aún son escasos los cursos académicos, pero muchos advierten su necesidad en todos los nioveles educativos. En realidad, el objetivo latente de un taller de escritura es formar un aula donde se lea y se escriba, como lo afirma Gloria Pampillo en su libro.

Pero no hay lugares donde enseñar a exponer las ideas de la propia disciplina, a manejar las estructuras expositivas y argumentales, a economizar palabras, a leer, a conocer y querer el idioma, a corregir lo escrito. Y todo eso puede enseñarse y aprenderse. Más aún, todo eso debe aprenderse, y aunque ello no basta para hacernos escritores, ignorarlo nos impedirá serlo, en el caso de que lo quisiéramos.

La escritura es un instrumento, como el habla o el tenedor, aunque más difícil de manejar, simplemente porque lo usamos menos. Pero hay que decir algo más: a pesar de todas las ideas apocalípticas que circulan sobre la cultura de hoy, muchas de ellas con escaso fundamento, cada vez la necesitamos más, y es una herramienta asociada a la evolución personal, por la sencilla razón de que escribir mejor requiere pensar mejor.

 

El modo de producción de un escritor

 

La manera de trabajar de un escritor es uno de los temas que me fascinaba en la adolescencia, y lo sigue haciendo hoy. Recuerdo la impresión que me dejó El oficio de escritor, de Hugo Wast, leído a los trece. Desde entonces, he cosechado muchas páginas que reflejan algo del modo de producción de los escritores, entresacadas de artículos, estudios críticos, biografías y autobiografías.

Esto es ilustrativo y excitante, entretenido y hasta pedagógico, pero vale sólo en relación con algunos principios más o menos generales, que no tiene mucho sentido exponer porque deben ser conquistados por uno mismo durante el aprendizaje, en el curso del cual delineamos, a través de caminos a veces zigzagueantes, nuestra forma personal de trabajo.

Más allá de ciertos aspectos que parecen menudos sobre las circunstancias (horarios, escritura a mano o a máquina, lugares, etc.) o los criterios de composición (concepción del argumento, frases de inicio, arquitectura de los personajes, etc.), me interesa comentar algunas regularidades que guían mi trabajo. No son leyes ni principios, pero son cosas en las que me parece que creo. Hoy, al menos.

Porque uno cambia de ideas, de creencias y de definiciones muchas veces en el curso de la vida, y esto, lejos de ser un problema, es una fortuna. Es cierto que algunos fundamentos se mantienen (o parecen mantenerse), pero no se mantienen inalterados. Creo que esta disposición a cambiar, que equivale a tener libertad para cambiar de asiento en las salas, de interlocutores en las reuniones, en poder jugar a ponerse las ideas de los otros, y a oponerse a las ideas de los otros, aunque sean muy parecidas a las nuestras, encierra una cierta manera de concebir el oficio, y es una de los modos en que lo entiendo.

Me gusta esta idea de cambiar, y le soy fiel hace mucho tiempo. Soy conservador en este punto. Me resulta indispensable para esa parte de mi trabajo que es producir escritura sociológica, para lo cual es necesario interpretar el pensamiento de los otros y seguir el hilo de condiciones socioestructurales cambiantes. Pero ¿es esto demasiado diferente de componer personajes y escenarios en una página, que deben ser creíbles, aún si narramos situaciones improbables, y hasta imposibles?

Una segunda condición necesaria es la curiosidad. Como los niños, debo preguntarme a cada rato ¿por qué? Pero no se trata sólo de hacerse la pregunta. La pregunta, para ser válida, debe fundarse en la ignorancia. Diría que si uno no tiene la suerte de haber desarrollado la ignorancia, quizá porque estudió poco o porque se acostumbró a las dietas de conocimiento enlatado, debería tratar de llegar a ese estado... si es que quiere ser escritor. Diré además que es un estado difícil de alcanzar, y en el que es mucho más difícil mantenerse: uno avanza por un campo minado de conocimientos, seguridades, convicciones y dogmas, que se instalan como virus y generan ese tejido enfermo del que está hecho ese personaje chestertoniano: el hombre que sabía demasiado.

La respuesta a la inquietud no se logra sólo interrogando, aunque hay que interrogar. Pero sucede que los humanos estamos presos de la cárcel del sentido común, de las explicaciones consabidas, de lo que creemos que creemos, de modo que no siempre podemos dar razón válida (la última ratio) de lo que hacemos o sentimos. Esas razones aparecen en la conducta. Por lo tanto hay que mirar tanto como se pueda. Observar y escuchar. Fisgonear. Espiar. Bichar, como se dice en criollo. Mosquetear, como prescribe el santiagueño básico. Recordar y anotar (recordemos el Carnet de un escritor de Maugham). También grabar, fotografiar y filmar, teniendo presente que son ampliaciones tecno del ojo y del oído, y que no suplantan la disciplina corporal del observador, que se fortalece en la quietud del acecho. Permanentemente me veo y me defino como un voyeur, es decir alguien que estima la sensualidad del mirar porque potencia y civiliza la felicidad algo primitiva de la acción.

Los materiales surgidos de este proceso son como substancias sancochadas, instancias intermedias en la producción de un alimento auténtico. Necesitan trabajo, reflexión, maduración, para poder convertirse en el producto que queremos lograr.

La experiencia de escribir

 

Podríamos decir que el trabajo del escritor recién comienza aquí, cuando puede pararse sobre sus cuadernos como sobre una torre para entrar en esa especie de éxtasis místico que le permitirá ver a través de sus cuadernos, con la mirada penetrante de Superman. Ahora ha llegado el momento del arte, el momento de los condimentos, el momento verdaderamente creativo. Aquí es donde el maestro en ciernes que hay en todo escritor debe hablar.

¿De dónde proviene este toque extraño, que se instala en el rústico y en el niño, que el avezado Rulfo persigue a fuerza de tachaduras y cirugía, que Víctor Hugo despliega con vitalidad gozosa, como Picasso, y que al fatigado Balzac a veces se le niega?

Nadie lo sabe bien, aunque por supuesto abundan teorías. La clave está en muchos lados, desde la psicología hasta la fe. Uno de nuestros poetas más extraños, Edgar Bayley, definía su poética como surgida del estado de gracia. Los surrealistas y ese científico artista que fue Sigmund Freud vieron en la libre asociación un camino hacia una secreta y honda fuente... enterrada adentro de uno mismo. El psicoanálisis la llamó inconsciente. Jüng, que se sumergió a explorarla, vio en ella extrañas huellas de la historia. Castaneda, a través de sus diálogos con un brujo yaqui de la meseta mexicana, define a “la realidad” no como una entidad, sino como una especie de escenario complejo, compuesto de sucesivos planos, que actúan como telones de fondo superpuestos; según sea el telón contra el que se proyecte la acción, ella cobra distintos significados.

Muchas veces intuitivo, este contacto con esa “realidad aparte” opera como un don, como un relámpago, sobre cualquiera de nosotros, y no es extraño que haya sido denominado inspiración, presumo que haciendo alusión al soplo de los dioses que infundía vida sobre la materia inerte.

En un momento u otro, en medio de la doméstica y pequeña magia de dibujar signos arbitrarios en una hoja de papel sobre la mesa de la cocina, el escritor se encontrará en medio de fuerzas y energías que, acaso sin quererlo, ha movilizado con sus ejercicios. Parte de su iniciación –que nunca cesa- es hallar fórmulas personales para pactar con estas fuerzas, y dotar al texto en que trabaja de esa cualidad que no estaba al principio, y que él ha captado durante este proceso.

Cuando hablamos del dominio técnico de la escritura, estamos hablando de condiciones instrumentales, que es necesario conocer y dominar, pero que son la superficie del texto. Cuando hablamos de eficacia de la escritura, de la poética de un texto, de la capacidad de conmover y seducir, estamos empezando a hablar de ese otro plano, tan difícil de definir –y acaso tan innecesario de definir, pero ¿quién se resiste a la provocación?- en el que operan combinadamente los móviles del autor, el momento histórico, el gusto de los lectores, y la estructura del propio texto. Cuando hablamos del modo de producción, en cambio, estamos centrándonos en la línea que vincula al que escribe con sus fuentes, mediadas por las dominaciones que compiten para prevalecer. Es decir, estamos hablando de una tensión, de un conflicto transitorio, de un “durante”, que a menudo ha sido ya resuelto en el texto o producto.

Esta confrontación íntima es uno de los grandes atractivos de la experiencia de escribir, y el plano en el cual ella puede –suele- ser un camino de crecimiento. Si bien podemos no escribir en estado de gracia, como quería Bayley, ese estado puede estarnos esperando al final del camino.   

 

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© Alberto R. Tasso.

Sociólogo y escritor, investigador del CONICET y profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE). Integra la Comisión Directiva de la Biblioteca Sarmiento y atiende la sala de lectura de la Biblioteca Popular Amalio Olmos Castro. Fue delegado del Fondo Nacional de las Artes en Santiago del Estero desde 2003 hasta 2006. Ha publicado varios libros de poesía, cuentos, sociología e historia, entre ellos Manual del bibliotecario aficionado. En 2002 se graduó como Doctor en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Con Pablo Tasso coordina el sello Barco Édita.

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Revista DIOTIMA DE MANTINEA

Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

Número 5: mayo de 2008

          

 

  

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