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Revista DIOTIMA DE MANTINEA Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

 

 

 

 

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  A miles de kilómetros. La ley y la burla

Herminia Pérez Cifuentes

 

               Una calle del centro de Granada un martes cualquiera una chica obedece indiferente las órdenes de un anciano en silla de ruedas. Sus pies están allí, su cabeza en otra parte, en un lugar diferente. Tal vez tuvo que dejar a su bebé al cuidado de la abuela, lejos, en un pueblecito perdido en cualquier sierra. Tal vez  intenta juntar dinero para traerse a su mamá y a su hijo o tal vez aspira a conseguir un trabajo fijo para forjarse española; o tal vez no tiene madre ni hijos  y esta sola en Granada, a miles de kilómetros de César, su novio de toda la vida, que la despidió diciéndole que siempre la esperaría.

         ¿Y el anciano? En su juventud fue un alto ejecutivo, un hombre admirado por sus amigos, respetado por sus subalternos, idolatrado por su esposa; o fue un importante hombre de negocios acostumbrado a mandar o un famoso y sesudo catedrático que escribía artículos en el dominical de un importante diario y lúcidos libros que sus alumnos comentaban con admiración. Escribió discursos magistrales para un alto cargo político. Ahora sus hijos, adultos de éxito, viven en Nueva York o en Madrid, Tokio o Singapur. Él es de carácter fuerte y no puede aceptar las rígidas normas de la lujosa residencia que su hijo mayor le recomendó. Las enfermeras lo trataban como si fuese un niño y le hablaban como a un estúpido. El día de hoy, al menos, da instrucciones a esta chica de piel oscura y mirada siempre distraída cuya cara nunca expresa ninguna emoción.

        Hay una obra en la calle y un trozo de acera queda cerrado al paso. La chica, la llamaré Isabel, de apellido Ramírez, quiere desandar un poco el camino para cruzar al  otro lado por un paso de peatones. El anciano, lo llamaré don Luciano Torralba, pretende esquivar las redes que cubren el andamiaje de la fachada y propone a Isabel salirse un poco, sólo un poco, a la vía. Así, indecisa y a la espera de que cese el desfile de coches espera, pero la calle, de dirección única, es el centro de una ciudad del 2008 y los autos pasan sin tregua. Don Luciano gesticula cada vez más alterado, mirando, calculando el trozo que tendría que salirse su carrito a la calle y la velocidad a la que tendría que empujarlo Isabel. A las once de la mañana en el mes de julio ya hace mucho calor en Granada y la cara de esfinge de ella suda a hilillos, la falda floreada se le pega a las caderas resaltando  aún más su trasero mientras mueve la cabeza negándose a lo que le propone don Luciano. El conjunto, carrito, anciano con sombrero panamá, chica multicolor, pasa desapercibido a los que caminan por la otra acera con prisas. Yo sólo espero a mi hijo sentada en un banco, observando con curiosidad el desenlace. El hombre junta y separa las manos,  gira el cuello en dirección a la mujer, indicándole que si se pega bien al filo de la red, el carro sobresaldría apenas un metro. Ante la indecisión de ella, él con un gesto de arrogancia, apresa firme las ruedas, gira y pasa. También pasa un furgón de helados Camus en ese momento.

       ¿Qué pasará con Isabel? Porque tal vez vino pensando que el Gobierno la ayudaría a aumentar su nivel cultural paulatinamente y prepararse para darles a sus hijos una buena educación… Isabel desanda el camino despacio, cruza por el paso de cebra y pide ayuda. Alguien llama a una ambulancia mientras el chico de los helados tiembla impotente de rodillas ante la desvencijada silla. ¿Por qué le tiene que pasar esto a él, precisamente hoy, el día anterior a sus vacaciones? Ella tendrá que volver a mirar los anuncios por palabras para ver quién necesita una sirvienta económica importada de un país pobre. La policía interroga a Isabel durante horas, su color de piel la hace sospechosa, ¿el teléfono de algún familiar del anciano? Ella no sabe… bueno cree que hay una pequeña agenda en la mesita. Hablan con el hijo menor, el que lleva su mismo nombre y vive en Nueva York. No podrá asistir al funeral, pero su abogado se ocupará de todo. La nota necrológica se la encarga a su secretaria personal. Ella sabrá cómo redactarla y dónde enviarla. Debe ocupar media página, no, mejor una entera; su padre fue un gran hombre aunque nunca supo hacer dinero… El entierro rápido, hace calor. Asisten Isabel, el chico de los helados y el “enterraor”.

      

               

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 © Herminia Pérez Cifuentes, Veterinaria, Diplomada en Ciencias Humanas y Licenciada en Historia del Arte.

 

 © Revista DIOTIMA DE MANTINEA Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

. 10 de junio de 2008.

 

 

 

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