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Revista DIOTIMA DE MANTINEA Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

 

 

 

 

Revista Diotima

 

 

 

Foro de

Realidad y ficción

 

 

Revista Diotima,

25 de julio de 2008

 

 

 

 

 

 

 

Así es la historia

Herminia Pérez Cifuentes

  

      “Así es la historia. Un juego de la vida y de la muerte que se desarrolla en el tranquilo fluir de un relato, resurrección y negación del origen, revelación de un pasado muerto y resultado de una práctica presente. Reitera, en un régimen diferente, los mitos que se edifican sobre un asesinato o muerte original, y hacen del lenguaje la huella siempre permanente de un comienzo tan imposible de encontrar como de olvidar.

 

     Michel de Certeau, La escritura de la historia            

 

 

 

La memoria de mi abuelo

 

Mi abuelo parecía haber hecho un pacto de silencio con sus propios recuerdos. Excepto en alguna conversación en voz baja con su amigo Antonio, siempre delante de un chato de vino y una tapa de bacalao salado con una rodajita de tomate. Allí, alguna vez, oí confidencias entre susurros y ojos que miraban, de vez en cuando, a todos lados. Cuando se iba de chatos con los amigos, yo siempre me iba con él. Vivía en mi casa y era fácil saber cuando salía y entraba. Lo veía coger su sombrero y su cayado y allí, firme como una estatua, me plantaba yo en la puerta, presta a colgarme de su mano. Se la agarraba fuerte y lo miraba arriba, de soslayo, ladeando un poco el cuello y torciendo la cabeza.

 

-¿Dónde vas? ¿Puedo ir contigo, abuelo?- Se lo decía muy rápido y con voz alta y clara porque sabía que a él no le gustaban las niñas pavas.

 

- Te vas aburrir. Voy a pelarme y a la taberna del tío el bigote. ¿Qué vas a hacer tú allí?- Me lo decía de rutina, siempre las mismas frases, porque nunca me dijo a las claras que sí; pero yo sé que le gustaba que lo acompañase. Salíamos a la calle, con la luz del sol yo guiñaba un ojo y él me decía:

 

-Niña, no guiñes el ojo que se te va a quedar más chico que el otro.

 

Así cogidos de la mano andábamos por las calles empedradas del pueblo, pasando callejones y bajando cuestas, respirando un aire que olía a cal y a hierba, hasta llegar a la casa de su amigo. De vez en cuando, se paraba a saludar o a hablar con alguien. Y me gustaba verlo sonreír cuando le decían “pero que grande está tu nieta, y qué apañá

 

-¿Dónde te va a pelar, abuelo?

 

- En casa del tío Antonio. Vamos a buscarlo a la plaza y luego lo invitamos a un vaso de vino.

No era tío mío ni suyo pero lo llamamos siempre así. Era su amigo Antonio, su amigo de siempre, que lo pelaba a navaja y lo afeitaba. Mientras preparaba el peine, las tijeras, el agua de colonia, la zafa, la navaja, la espuma de afeitar y descolgaba un pequeño espejo desportillado, discutían a voces de cosas como linderos, bancales, comunidad de regantes y entierros. En la discusión, mi abuelo, de vez en cuando, se ladeaba la sábana amarillenta que lo cubría y hacía ademán de levantarse. Tenía temperamento. Además de barbero, era su compañero de julepe. Un hombre sereno, reservado, que sabía sortear el temporal de su fuerte carácter. Después de pelarse, nos íbamos los tres a la taberna del  tío el bigote- ese no era el nombre de la taberna sino el mote que mi abuelo, con su particular sentido del humor, le había puesto al tabernero-, y  pedía para mí una mirinda y un plato de garbanzos tostados. Yo me sentaba a su lado en una pequeña silla de enea, que la mujer del tabernero sacaba cuando me veía llegar, dispuesta a pasar el tiempo que quedaba hasta la hora de la comida oyendo sus historias y viéndolos jugar y pelearse con la brisca.

-Antonio que no, que no llevas razón. ¿A quién pedimos responsabilidades? ¿A Franco o al vecino con el que antes de “eso” te llevabas bien?

 

-Pero ¿qué quieres tocayo, que nos peguen un tiro?

 

-Tú sabes a qué se dedicaban los de mi primer regimiento ¿no? Pues entonces ¡Hay que fastidiarse! Las barbaridades que yo vi.- Los dos se quedaban un momento en silencio y miraban recelosos para todas partes. Mi abuelo me miraba y me hacía un guiño.

 

-Los curas. Algunos eran buenos. La Iglesia Católica y Franco… La izquierda perdió la guerra por su incultura…

 

-Pa tener cultura hay que tener libros ¿Cuántos libros has visto tú en la casa de un pobre? Si no tenían ni pa comer iban a comprar libros. Y pa qué los querían si no sabían leer, si tenían que estar echando jornal con el pantalón corto.

 

Ahí acababa la conversación porque mi abuelo era un hombre católico, creyente y practicante. Durante mucho tiempo pensé que su pasado traumático había quedado relegado en un desván que olía a mugre, a orín, a sangre y a muerte. Le había echado siete llaves y las había tirado todas al mar. Iba a misa todos los domingos, asistía a novenas y procesiones y guardaba ayuno riguroso en cuaresma. Salía para misa de doce, tieso y enjuto como una vara, con su traje con chaleco, su sombrero y su reloj con cadena de plata.

 

Sólo con su amigo, y muy pocas veces, hablaba mi abuelo de la guerra. Esquivaba el asunto con una nube en los ojos y una mueca amarga en la boca. Cuando alguien sacaba el tema en su presencia, él se iba canturreando, no sin antes acariciarme el pelo y hacerme un gesto con la mano para que lo acompañara. Si le preguntaban exhibía con descaro una cabeza desmemoriada. Esto, naturalmente, era fingido porque escribía largas cartas a mi tío que por aquel entonces vivía en Suiza. Me gustaba verlo escribir. Preparaba todo lo necesario con la misma meticulosidad con la que se vestía. Despacio iba colocando sobre la mesa de camilla el papel, de buena calidad, los sobres, y una estilográfica no muy buena pero que por la forma con que la cuidaba, debía tener un gran valor afectivo. Tenía una bonita letra, larga, picuda, barroca. Presumía  que, cuando era más joven, lo llamaban para copiar manuscritos oficiales, pues además no tenía faltas de ortografía. Aquel papel blanco y fuerte se iba llenando de historias y el resultado era de una pulcritud que daban ganas de enmarcarlo.                

                                                                      

 

 

 

Nuevos tiempos

 

  Una fría mañana de noviembre de 1975 España se despierta con la noticia, temida, deseada, esperada, asombrosa de, Franco ha muerto. Yo Tenía ocho años y mis recuerdos de esa época  se cubren de un manto de irrealidad. Presencio mucho alboroto, lágrimas fuera, alegría dentro y un luto impuesto. No tuvimos televisión y no nos dejaron salir a jugar. Mi tía llama a mi abuelo:

 

-Vamos a ir a Madrid al entierro. Vendrás ¿no?

 

-Tú estás loca, hermana. Qué sabrás tú. Ve y asegúrate de que lo entierran.

 Me acuerdo de esas palabras como si fuese ayer. El tono helado con que las dijo, sin levantar la voz, sin expresión. Nunca había visto a mi abuelo así. Colgó el teléfono y le dijo a mi madre:

-Tengo tres hijos, si los viese irse pa la guerra, los mataría yo mismo antes de verlos salir por la puerta.

           

No se volvió a hablar del tema pese a que mi tía, antes de volver a su casa de Granada, pasó por el pueblo a contarle con todo lujo de detalles el entierro. Venía acompañada de un marques muy simpático, amigo suyo, Eleno, creo que se llamaba. A mi me fascinaba mi tía porque en el pueblo, las mujeres a esa edad eran abuelas de roete y mandil; ella, sin embargo, parecía la hermana de sus tres hijos. Su pelo castaño siempre arreglado, sus camisas de seda color malva, sus faldas negras de vuelo, sus uñas de manicura… En fin, que era una elegante señora a la que adornaban dos preciosos ojos verdes y una inteligencia práctica poco común. Así que cuando venía a visitar a mi abuelo yo no me perdía detalle de sus historias. Mi abuelo siguió con naturalidad todos los detalles y no percibí la más mínima ironía ni impaciencia en su voz. Se portó cortés y cariñoso con la única hermana que tenía y a la que adoraba. Se llevaban bien pues entre ambos había un sentido de la tolerancia muy desarrollada y de la familia por encima de todo, a pesar de las diferencias.

           

A raíz de la muerte de Franco, con la entrada de la democracia, en los colegios iban apareciendo textos sobre la guerra civil, tímidamente los libros escolares iban contándonos cosas a los hijos de la transición. Mis primos, que estaban en el instituto, de vez en cuando le preguntaban:

 

-Tú que estuviste en el frente ¿Qué pasaba allí? ¿Porqué hubo una guerra civil?

 

-Poca cosa hijos. Caín y Abel. – Decía mi abuelo impaciente.

 

-¿Mataste a alguien? ¿Pasabas hambre? ¿Por qué ibas en el bando de los rojos? ¿Por qué eran tus enemigos los nacionales? ¿Dónde estuviste?

 

-Lejos, muy lejos- decía buscando con la mirada a mi abuela.-

Pero mi abuela no salía en su ayuda, quizás esperase que sacase alguna vez algo de lo que llevaba dentro y que no lo había dejado dormir sin pesadillas ni una sola noche. Yo me quedaba mirándolos con los ojos muy abiertos. Era la más pequeña del grupo de primos mayores y no entendía bien qué era aquello de una guerra civil. ¿Qué quería decir civil? ¿Qué significado tenía la palabra guerra? Sólo me daba cuenta de que les pedía que bajasen la voz haciendo un gesto con la mano y los miraba de hito en hito, sin pestañear, con una mirada triste y amarillenta. Luego quedaba unos momentos inmóvil, con un ligero temblor de manos y les decía:

-Pero si ya os lo cuentan los libros. No hay más. Es tal como os dicen en la escuela.

-Pero papa Antonio, a todos los niños les cuentan ahora sus abuelos cosas de la guerra.

           

-¿Qué falta os hace saber más? No deis tantas voces que los vecinos van a pensar mal; a ver si vais a hacer venir a la Guardia civil. Agua pasá no mueve molinos-Decía mi abuelo medio en broma medio en serio.-   

 

 

Mi primo ponía especial énfasis en el “ahora” con bastante cordura. Hacía un año, en vida del Caudillo, todo lo relacionado con la guerra nos estaba prohibido a los niños. En el pueblo de mis otros abuelos, en la guerra civil, habían fusilado a Lorca entre otros muchos granadinos, pero como por éste, de vez en cuando, llegaba algún forastero preguntando, nos tenían advertidos y sentenciados:”No vayáis a decir ná de dónde está enterrao Lorca. Si os preguntan decís que no sabéis ná”. Los niños, de Federico García Lorca, sabíamos poco, sólo que era un poeta de poca monta y que lo habían matado en la guerra.

 

-No. Yo no sé ná.- contestaba siempre que me preguntaban, que fueron bastantes veces. Incluso después de muerto Franco seguía contestando lo mismo.-

 

Realmente yo, al igual que los otros no sabía nada, apenas que era un poeta que habían fusilado en la fosa, un hoyo grande, donde a escondidas de mis padres, me había llevado mi abuela. Ella no me llevó por Lorca, sino por tantos y tantos que había visto llevar allí, primero de noche, clandestinos, luego descubiertos a la luz del sol, en pleno día., sin vergüenza; sin el recato propio del que  presencia la muerte de otro hombre. Según mi abuela, los veía pasar en una pequeña camioneta, montados en la parte trasera, al descubierto, cabizbajos, conscientes de que les iban a arrancar sus vidas de cuajo.

En los años ochenta se empezó a mirar hacia el poeta, a estudiar su obra y a reconocer su legado. Hicieron un monumento a Lorca, cerca de Alfacar. Allí plantaron un monolito en una curva de la carretera donde decían que estaba enterrado el poeta.

-Quién ahí allí es Manolico el de las aceitunas, que era de Cogollos. Íbamos de Nivar a Viznar tu abuelo y yo, andando. Nos cruzamos con unos que lo llevaban preso. A la vuelta, la tierra de la curva estaba ensangrentá y revuelta. Tu abuelo se puso que pa qué, dando gritos y echando votos.  

 

  Seguíamos yendo al cine, ya sin NO-DO, viendo la tele sin publirreportajes fascistas y todo al principio nos parecía raro, parecía que se habían saltado media película o que a los peques de la tele, en blanco y negro, les faltaba padre; tan dentro teníamos música, banderas y desfiles. Y es que nuestro pensamiento era el subproducto de nuestra historia reciente. Los mayores no podían creer que un día llegó y se murió y ya está. Tan fácil como eso. Seguían con cierto miedo, como esperando que pasase algo malo. Sin embargo, exceptuando el gran sobresalto del 23F, las cosas fluyeron con naturalidad. El pueblo llano desconfiaba de su clase dirigente.  La élite, la aristocracia, imitaba el ingenio del pueblo contando chistes, aprendiendo sevillanas, asistiendo a los toros y organizando la Semana Santa. El pueblo, la clase media, comenzó a llenar las aulas de las Universidades y a estudiar inglés.

 

 

Don Quijote de la Mancha

 

           

Así pasó el tiempo, y el abuelo fue perdiendo vista y yo fui creciendo. Él con  setenta y cuatro años conservaba la lucidez de siempre, su tiesura, su  genio vivo. Seguía reuniendo a mis tíos para hacer aquel vino del país en la casa grande, de bodegas interminables y gigantescas tinajas empotradas en la tierra. Ya no tenía la viñas, pero sabía dónde comprar la uva, sabía qué tipos mezclar y cuando había que tapar y destapar aquel mosto hasta convertirlo en un rico vino de aromas afrutados y colores suaves. De ese vino siempre guardaba el mejor para la romería de la Virgen de la Cabeza. Subían todos al Jabalcón y compartían la bota con todo el que estaba allí. Era un día muy señalado para toda la familia. Venían todos mis tíos con sus hijos, vivieran donde vivieran, para la romería. Un poco más tarde esa fecha se recordaría  por el día en que murió mi abuela.

 

Llegó junio de mil novecientos ochenta y seis. Estaba inmersa en mi memoria de fin de curso y pasaba muchas horas en mi cuarto. Me había venido a Zújar porque hacía menos calor y también porque echaba en falta a los míos.  Él, que dormía en un dormitorio  contiguo, solía llamar a mi puerta para pedirme libros. Siempre había sido un gran lector y, como cada vez dormía menos, leía más. Los devoraba entre paseos nocturnos, toses y pesadillas. Los ruidos, cualquier movimiento en la noche, le producían mucha desazón y pasaba mucho tiempo hablando solo.

 

-Quien como tú -solía decirme-. La envidia que me das teniendo tantos libros. Igualito que hace veinte años. ¿Estarás estudiando inglés? La gente no se da cuenta de que hay que viajar y enterarse de cómo piensan en el extranjero si quieren tener más imaginación. Porque eso es lo que ha faltao  siempre en España, imaginación .Han llegado estos y  nos quieren hacer creer que la igualdad es hacernos iguales en tó.

 

-¿Y qué es la igualdad para ti? -pregunté interesada-.

 

-Resaltar lo que nos une y respetar lo que nos diferencia. Cuando el país tenga una justicia capaz de aplicar las leyes de manera imparcial y nos midan con el mismo rasero podremos hablar de libertad. Todavía os queda mucho. Espero que seáis más listos que nosotros.-dijo encantado al ver que había conseguido captar mi atención-. Niña, ¿Qué libro me vas a dar ahora? –.Tenía a Olimpia en los brazos, una pequeña perra que yo había recogido de la calle siendo un cachorro y que él llevaba a vacunar al veterinario del matadero todos los años. Le ponía sus inyecciones para el celo cada seis meses y sus pastillas para desparasitar. Le compraba su pienso y la cepillaba todos los días. Claro, Olimpia veía al abuelo y no existía nadie más.   

 

-No sé abuelo, uno gordo, que no te duran nada. -Y, como acababa de hacer un estudio sobre la ironía en el Quijote y lo tenía a mano, se lo di.-

Unos días más tarde, entré a su cuarto. Estaba leyendo arropado con las enaguas de su mesa de camilla, cerca de la ventana, como siempre.

 

-¿Te está gustando? ¿Lo entiendes?

 

-Pues claro –me contestó sin levantar la cabeza del libro-

De vez en cuando yo me asomaba a su cuarto:

 

-¿Has dicho algo?- le preguntaba con cierta desazón pues lo oía hablar mucho solo. Él me contestaba con un rápido movimiento de cabeza, sin mirarme y seguía inmerso en su lectura. Pero una de las veces que entré para preguntarle que si había dicho algo me dijo:

 

-No, no. Es con el pobre hombre éste. ¡Cuántas desgracias! Sabes, eso que cuenta lo viví yo. Esa sed, esos llanos polvorientos…

 

-De qué hombre hablas, ¿de D. quijote?

 

-No he visto un libro más verdadero. Ésta si es la verdad de la guerra.

 

Veo a mi abuelo mirarme por encima de sus gafas de montura metálica tan nítido como si lo hubiese visto esta misma mañana. Tenía el libro entre las manos, una edición de bolsillo comentada y sus ojos azules se habían ensombrecido hasta el punto de parecer dos pozos oscuros. Ahora pienso que en la vida hay tiempo para llegar a donde el destino nos llama, aunque con la idea de que no podemos parar demasiado, pues nuestro tiempo aquí se acaba. Yo, ese día abrí las puertas del Inframundo y los fantasmas de mi abuelo comenzaron a salir despiadados, inundando cada noche hasta que, a fuerza de pesadillas y hablar con su madre todas las noches y llamarla a gritos, tan fuertes que me despertaba más de una vez en el claroscuro de la noche, se liberó.

 

-Allí estuve yo. También él estuvo….”En un lugar de las montañas de León (…) y si algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos: que se ven raras veces.”

 

-Estos también pasarían sed por esos llanos, mira, mira lo que dice aquí niña:

 

“De entre esta tierra estéril, derribada,

Desde terrones por el suelo echados,

Las almas santas de tres mil soldados

Subieron vivas a mejor morada

Siendo primero, en vano, ejercitada

La fuerza de sus brazos esforzados,

Hasta que, al fin, de pocos y cansados,

 Dieron la vida al filo de la espada.”          

 

-Mira niña, aquí hacen lo que yo hacía en Astorga.- Ante mi estupor siguió leyendo como si lo que decía fuese lo más natural del mundo:

“…que es como decir cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las obras públicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy dificultosa su libertad; que como son del común y no tienen amo particular, no hay con quién tratar su rescate, aunque le tengan.”

 

Así, uno a uno, me fue leyendo con voz clara y solemne  varios pasajes del Quijote que tenía señalados con tiras de papel, donde además, apuntaba la página y el capitulo. Yo no quería moverme ni hablar para no romper la magia del momento. Pasaban malas palabras y palabras de desolación, angustias y desvelos de Cervantes que hablaba por boca de este caballero andante para conseguir que hablase mi abuelo, callado desde siempre.

 

- Nos llevaron presos en el treinta y nueve. Hicimos unos trechos andando, la mayoría, y otros en tren. Así llegamos al campo de concentración de Astorga, el Santocildes. Yo había perdío un zapato y llegué con los pies ensangrentaos. Na más llegar me pegaron una paliza por haber perdio la bota. Al entrar nos raparon la cabeza y nos asignaron un barracón donde se dormía en un suelo de paja sucia. Aquello era un hormiguero maloliente, con un aire denso, irrespirable. Cuando querían apretarnos las clavijas nos prohibían abrir las ventanas. Nos íbamos a asfixiar. Mirar las caras de los que ya estaban allí era mirar a la cara al miedo. Tós teníamos historias de sangre y represión. Pero no nos fiábamos los unos de los otros pues por toas partes acechaban los chivatos. Los centinelas eran ladrones y asesinos; ellos eran los que nos guardaban a nosotros, los presos de guerra; si te tomaban entre ojos, estabas perdio. Consiguieron desunirnos más aún. Las tropas de izquierdas nunca tuvieron buena estrategia. Si la izquierda hubiese sabio leer, hubiera ganao la guerra. Había mucha incultura, mucho vandalismo .Faltaron cabezas que organizaran a los hombres.

     

      Con sus palabras yo me deslizaba rápido, rápido, por una pendiente de la que no podía ver el final. Sentí vértigo al darme cuenta de que estaba hambrienta de respuestas. Las imágenes de mi abuelo como soldado forzoso salían cortando el aire y me hacían respirar con dificultad. Tragué una saliva amarga al mirar su rostro grave, demudado, lleno de sufrimiento.

      Ese verano hablé con mis padres, les dije que visitaría León y, más concretamente, Astorga. Ya había estado en El Bierzo y tenía algunos amigos en Ponferrada. Llegué en el mes de agosto y paseé por la plaza, entré a la catedral de Santa María. Al mirar hacia arriba me acordé de las muchas veces que había visto a mi abuelo mirar hacia arriba, al cielo con miedo, mordiéndose el labio inferior. Lo hacía siempre que algún avión rebasaba la barrera del sonido. Ahora entendía realmente el por qué su miedo. Luego, tras dejar la fachada barroca, me dirigí al Palacio, el cual se utilizó como oficinas y cuartel de la Falange y alojamiento de las fuerzas nacionales.

 

    -Al poco tiempo de estar en los trabajos forzaos, como sabía leer y escribir, me llevaron a las cocinas -ahí se le escapó un sollozo que quebró su voz y tuvo que hacer una larga pausa. No pude resistir aquello. Lo que no habían  hecho las balas, el hambre y la sed o el frío lo iba a hacer el asco. Pedí de nuevo que me pusieran las cadenas. Lo que veía en esas cocinas no podía soportarlo. No te puedes imaginar. Así eran las ratas –dijo poniendo una mano enfrente de otra a considerable distancia-que hervían en la olla junto al tocino podrio, lleno de gusanos.

 

      Iba oscureciendo y el dormitorio se iba llenando de sombras alargadas y abstrusas, cada vez más reales y cercanas, tanto que casi  notaba su aliento en mi espalda.

    Me di cuenta que esa noche estaba dispuesto a contármelo todo, a mí que nunca le había preguntado nada. Sé que no era casualidad y que quería compartir conmigo aquel mundo de horror que lo transformó para siempre. Con cuidado me senté en la cama detrás de él y encendí la pequeña lámpara de la mesita. Él proseguía:

 

    -Hervían junto a papas podrias y las mondas que sobraban de pelar las de ellos. Yo no comía de aquello, sólo pan y agua. Les decía a los otros que no comieran, que aquello los iba a matar, pero no me hacían caso, se comían lo suyo y  lo mío. Más de uno se puso malo. Ya sabes que yo no he sio nunca de mucho comer y eso me salvo. El hambre es  mala compañera y antes de llegar a León habíamos pasao mucha en la trinchera. En una perdí a mi compañero de dos años. Le estaba dando ánimos pues hacía frío, un frío que te calaba los huesos y te hacía rechinar los dientes. Cuando vi que no me contestaba, supe que ya nunca más lo haría. Tenía tres hijos, el mayor de cuatro años, y era pobre de solemnidad. Cavábamos trincheras, letrinas y tumbas. Enterrábamos a nuestros compañeros y a los republicanos que nos encontrábamos por el camino, amontonados, tirados como perros.

     

      A mí me invadía una infinita dulzura y una lástima honda. Quería acariciar su cabeza blanca, de pelo ralo pero no me atrevía. Sentía que si lo tocaba, daría un respingo y se callaría.

 

    -Los inviernos eran malos pero los veranos eran peor-prosiguió moviendo la cabeza hacia los lados-No teníamos comida pero el hambre era soportable. La sed no. Esperábamos  ansiosos acechando a las vacas para recoger su orín. Bebíamos por turnos cuidando  no derramar ni una gota.

     

      Y volví a Astorga también aquel invierno. Supongo que era mi manera de intentar curar las heridas del alma de mi abuelo. Entendí porqué cuando en mi pueblo hacía frío él decía: “Más frío hacía en Astorga cuando aullaba el cierzo”. Caminé aterida de nuevo por las calles cercanas a la Catedral. Entré en una cafetería. Pedí uno de esos sabrosos chocolates. Ni lo uno ni lo otro pudo hacerlo mi abuelo. En ese café pensé que me lo había contado todo con una voz plana y monótona, sin guardar un orden, a trompicones, que es como realmente suceden las cosas. Nuestra vida nunca es lineal. Comprendí porqué tenía miedo a los ruidos en la noche, comprendí que la vida deja de ser sencilla en un instante para volverse complicada.

   -Tuve suerte… de tó, tuve suerte. A otros los mandaban al extranjero, a Alemania, si me mandan no vuelvo. Salían engañaos. Con ellos quería pagar Franco su deuda con Hitler.

    …Luego estaban los desaparecidos. “los paseaos” como los llamábamos nosotros. Esos los llevaban a dar una vuelta y ya no volvían. Sabíamos que tos estábamos en el punto de mira, un gesto, una palabra, algo que despertara la envidia podía llevarte a dar un paseo. También se llevaban al Hospital de sangre a los enfermos, que debía tener unos médicos muy malos pues nunca volvían curados.

     

      Lo miré sorprendida. Genio y figura, pensé. Parecía más pequeño. Había perdido su tiesura. Sus sesenta kilos y su uno sesenta y siete, sin esa tensión, le hacían parecer un adolescente en busca de consuelo. Hablaba sin prisa pero sin pausa. Él había decidido contarme todo esa tarde-noche, porque llevábamos más de tres horas sentados en el cuarto.

 

   - Del 37 al 39 pude mandar algún paquete, alguna carta, pero luego, desde Astorga ya no. Tu bisabuelo llevaba seis meses de luto cuando aparecí con mi petate y ¿sabes lo qué me dijo? “Te has quedao en ná. Qué canijo estás. Y qué viejo.  Si pareces más chico, hijo mío.”- y tirándose a mi cuello empezó a llorar, porque los hombres sí lloran, son los cobardes y la gente mala los que no saben llorar. Y sabes que le dije yo:

 

           - “Padre, pa quedarme vengo. Ya no me voy. Antes me pego un tiro”.

      Recordé que mi abuela me había contado de pequeña que lo daban por muerto. Dos años sin saber de él era mucho tiempo para un hombre que mandaba  lo que podía a su mujer y a dos hijos pequeños.

 

       Todo giraba en torno a la miseria, al hambre, a la huida, al miedo. ¿Cómo se podía encarar el futuro después de todo eso? Pero el futuro llegó en forma de aviso para la cena. La voz de mi madre hizo que volviésemos de ese viaje subterráneo. Nos levantamos en silencio y sólo al abrir la puerta rompí mi mutismo:

 

-Tenemos que acabar esto. Nos falta el purgatorio, abuelo. Te daré a leer a los poetas, a escuchar música y te enseñaré mis libros de pintura. La Belleza te sacará de ahí. Se lo dije echándole el brazo por los hombros ¡tan menudo e indefenso parecía! Y con los ojos rojos salimos para ir al comedor.

 

      Mi madre le cocinaba arroz. Casi todos los días comía eso. “Mira que no probar la carne…” le decía.

    - Si le gusta el pan, que coma pan, Lo único que no entiendo Antonio es esa manía suya con el tocino. Que no coma usted, vale, pero que no lo pueda tener ni en el frigorífico con lo que me gusta…-. Decía mi padre siempre tan tolerante con los gustos de cada uno de los que vivíamos allí-.

    - Como pescao ¡Qué más da una cosa que otra!- Dijo mi abuelo haciéndome un guiño.-. Come tocino si quieres, ya puedo verlo aunque te va a hacer tener más panza.

    - Claro, como tú comes todo lo que quieres y no engordas -le dijo mi madre saliendo en defensa de mi padre porque el abuelo era incorregible y siempre se estaba metiendo con el sobrepeso.

     

      Yo comía callada esa noche, consciente de que guardaba un gran secreto, un tesoro que nadie me podría hurtar, no, hurtar es poco, robar es la palabra. Tenía en mi memoria, la memoria de mi abuelo.

 

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 © Herminia Pérez Cifuentes, Veterinaria, Diplomada en Ciencias Humanas y Licenciada en Historia del Arte.

 

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. 25 de julio de 2008.

 

 

 

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