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Revista DIOTIMA DE MANTINEA Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

 

 

 

 

Revista Diotima

 

número 7,

julio de 2008

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

301, 302, 303, 304,305…Todas las tardes pasaba una hora en su cuarto abriendo y contando…306,307, 308. Si, así una hora o más. Luego salía a merendar, cada día un poco más encogido, un poco más cabizbajo, un poco más triste .Merendaba silencioso, con la mirada perdida, fija en la ventana. Luego le daba un beso rápido a su madre, casi sin rozarla y le decía:

- Mamá voy a dar un paseo.

-Vale Pablo, pero ten cuidado al cruzar la calle.

-Sí mamá. Hasta luego.- Y salía como todos los días con un tebeo en la mano.-

En el pequeño parque que hacía esquina con su bloque se reunían algunos niños para jugar al fútbol, a las canicas, intercambiar cromos y tebeos, charlar; en fin todo eso que suelen hacer los niños en sus ratos libres. Pablo se acercó al grupo de los lectores y les dijo:

- Esrute, maco, solito

- Ya está otra vez el tío este. ¿Qué dices? Pobre, su papá no lo ha enseñado a hablar. ¿De dónde has salido tú enano?- Le chuleaba Nacho, el cabecilla del grupo.

- Carote, SAC, helo tulle- Decía Pablo, que los entendía a la primera, esforzándose en hacerse entender por los otros niños. Y los miraba apenado preguntándose porqué tan pocas personas se enteraban de lo que decía.    

Lo otros críos se burlaban de él, le tiraban del pelo y  le obligaban a sentarse en un banco apartado, en el lado norte del parque. Lo consideraban el tonto del barrio. Pablo, entonces, caminaba despacio con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo hasta el kiosco de Tomás y poniéndose de puntillas, pues era bajito, pedía: 

-Ru turné  hilio.

-Vale, vale chico. Señálame con el dedo lo que quieres.-Decía impaciente el kioskero cuya colorada cara asomaba enmarcada por multitud de revistas y tebeos colgados con pinzas.-

- Rile sa velit- decía Pablo educadamente.

-Hasta hacerte entender... – Le contestaba sonriendo y, para colmo con sorna, el hombre, retomando la lectura de su periódico.           

Pablo llenaba los bolsillos de gominolas, nubes, piruletas y regaliz y  las repartía entre sus compañeros de parque. Era feliz viendo los ojos de los otros niños mientras se comían las chucherías. Pensaba que algún día lo considerarían su amigo y le dejarían jugar al fútbol, aunque él reconocía que era malísimo; no conseguía encontrarle la gracia a ese juego y se quedaba en las nubes yendo detrás de la pelota en la clase de gimnasia. Así que, también el maestro pensaba que era un poco “corto, como solía oírle decir a otros profesores. Porque hablaban delante de él, bajito eso sí, pero él no era sordo, y además, entendía perfectamente lo que decían, entendía su lenguaje psicopedagógico, sus clases limitadas de meteorología, sus  lecciones pobres en contenido sobre el Universo y las Matemáticas, repetidas hasta la saciedad. El maestro  ocupaba gran parte de los recreos de Pablo con tediosos ejercicios de sumas y restas, dándole para casa  más y más libros de literatura infantil que a él le aburrían, pero que leía por complacer a Don Paco. Éste decía  siempre a sus padres:”Tiene que estar leyendo hasta que sea capaz de hacerse entender”. Hacerse entender, hacerse entender; ¡hacerse entender era la frase que más veces había oído en su vida! Nadie, excepto su abuelo, se planteó nunca su reciprocidad.     

El viernes, no quiso volver al parque. Decidió vagabundear por las calles del barrio aunque su madre se lo tenía prohibido. Llegó a una minúscula plaza. Debajo de un raquítico árbol- el único que había- se encontró a un niño con las manos en los bolsillos, que inmóvil, con los ojos al frente, observaba a los transeúntes. Pensó:” a lo mejor éste me entiende” y se dirigió a él esperanzado, aligerando un poco sus pasitos:

-Nietro si termeitesufg djac-

Hablaba muy rápido porque se sentía emocionado y las palabras se le amontonaban unas encima de otras. El niño no cambió su postura, no se inmutó, no lo miró y no le contestó. Pablo volvió a insistir:

Ertyud, hamo, sed, fíen.-dijo esta vez más despacio, quitándose las gafas,  poniendo toda su alma en hacerse entender y mirando fijamente al niño.-

Pero nadie le contestó porque era una estatua urbana de las que ponen los ayuntamientos para que, al pasear por las calles de la periferia, nos sintamos menos solos.

Pablo volvió al kiosco, pidió un tebeo, esta vez, la primera,  por señas, y comenzó a leerlo ávidamente, con la esperanza de que  fuese la definitiva. Pero tampoco estaba en ese tebeo el mundo que él buscaba. Tal vez en el 310 lo encontraría. Mientras tanto, seguiría repasando como cada tarde los otros, por si se le pasó alguna viñeta donde faltase un personaje.

  

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 © Herminia Pérez Cifuentes, Veterinaria, Diplomada en Ciencias Humanas y Licenciada en Historia del Arte.

 

 © Revista DIOTIMA DE MANTINEA Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

. Número 6; 21 de junio de 2008.

 

 

 

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