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  Realidad y ficción  Revista Lindaraja. Revista de estudios interdisciplinares  ISSN:  1698 - 2169  
 

 

Revista Lindaraja

 

 

Revista Lindaraja. 34

31 de agosto de 2012.

 

 

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Marco Antonio de la Rosa Ruiz Esparza

    

                       

La experiencia de vacío como experiencia de Dios

         

  

 

I.                    Introducción

 

   El budismo pone el acento en el “vacío” diciendo que todo cuanto existe es vacío. Aunque éste es un asunto muy importante para el budismo en general y el Zen en particular, temo que resulte muy equívoco o, al menos muy difícil de entender, sobre todo para la mente occidental. Por esto considero que “todo es vacío” mejor se expresa de la siguiente manera “todo es simplemente tal cual es”. Un pino es un pino, un bambú es un bambú, un perro es un perro, un gato es un gato, tú eres tú, yo soy yo, ella es ella. Cada cosa difiere de todas las demás. Y sin embargo, a la vez que cada cosa y cada persona conserva su unicidad y particularidad, no entran en conflicto con las demás. Este es el sentido de la expresión que todo es vacío.

 

   No deja de ser una atrevida aventura eso de lanzarse al Vacío, y hacer una experiencia ahí, en la Nada. Pero el Zen permite ver en el Vacío, y no sólo mediante los ojos, sino incluso a través de los poros de nuestra piel. Veamos con todo el cuerpo, con toda la mente; cuerpo y mente despiertos, y abiertos, a la gran experiencia. El Ser que en el Fondo somos, nos espera desde siempre, es más: jamás ha dejado de ser, ahí, en lo más íntimo de nuestra intimidad.

 

   El corazón del Zen es un camino hacia la gran experiencia, manifestación o epifanía del Ser, pero no es tarea fácil, la meditación tiene sus vericuetos, sus escollos que hay que sortear. Si bien es cierto que, por lo menos momentáneamente, podemos sujetar las cascadas de imágenes y pensamientos que irrumpen en el escenario de nuestra mente, conviene no engañarse: no es menos cierto que la inmensa mayoría de las veces el torbellino de conceptos, sentimientos y espejismos se adueña de la meditación. Insisto: La mayor parte del tiempo empleado en la sentada estamos a merced de los pensamientos, y es un fenómeno que no sólo atañe a los principiantes. Esa es la primera enseñanza que conviene aprender.

 

   Todo esto hace sufrir sobre todo a quienes, pensando que ya han entrado en el gremio de los expertos, constatan desolados el continuo danzar de las imágenes que, como monos inquietos, suben y bajan sin parar, por la inmensa vegetación de la conciencia. Por eso es bueno que el practicante de Zen sea sencillo, y se considere siempre eso un primerizo.

 

   El practicante de Zen choca sistemáticamente con el narcisismo, y ello ocurre sobre todo con el narcisismo de los veteranos, de ahí que los sencillos, los que siempre tienen mente de principiante, aprovechen mejor el zazen y se hallen más cerca del satori (Iluminación) que los orgullosos experimentados. El Zen, hay que recordarlo, no sabe ni de espacios ni de tiempos. El Zen no cuenta las horas. Jesús, ese gran Buda, sabía bien que los últimos serán los primeros… a la hora de despertar a la Gran Conciencia, que él llamó el Padre o Reino de los cielos.

 

   Sin embargo, suele acontecer a quienes comienzan que cuando detectan en sí mismos esa algarabía de pensamientos que les asedia durante la sentada, suelen atribuirla a la meditación en sí misma, y, claro, como ellos venían a encontrar la paz, les supone una gran frustración no poder controlar esa molesta catarata de imágenes que se agolpa en su cerebro y, desanimados, abandonan para siempre el camino del Zen. 

 

   Conviene recordar que la meditación no consiste en una relajación, tampoco en un quedarse en blanco, porque la meditación supone un cambio de conciencia hacia cotas de infinita apertura; supone una transformación de la mente, y supone, sobre todo un cambio radical, que, abarcando al mismo cuerpo, abre al ser humano hacia una conciencia de amor y de Unidad con todo lo viviente. El Zen es revolucionario. Y debido a que amplía la conciencia, el sujeto meditante “ve más que los demás”, y sobre todo, se acerca, como acabo de decir, a un plano de conciencia, muy superior a la llamada conciencia ordinaria. La meditación es, por tanto, como una antorcha que ilumina un desván lleno de cacharros acumulados durante decenios.

 

   La antorcha de la meditación ilumina las sombras, nos hace conscientes de ellas. Por eso, a veces meditar no consiste tanto en ponernos en orden como en contemplar el propio desorden. Porque cuando ilumino el propio caos es precisamente cuando me distancio de él, cuando comienza a extinguirse. En definitiva, poner orden es comprender el propio desorden. Ello no es fácil, resulta incómodo y duro. Y esa es la causa que provoca que tantas personas se desanimen, sobre todo las que venían a relajarse, y a encontrarse con un paraíso de armonía absoluta. Pero la vida no es así.

 

   No obstante, no conviene desanimarse porque no hay motivos, ya que si meditar incluye el encontrarse con la sombra del desorden, no es menos verdadero que tras la sombra se oculta la infinita dicha de la luz. La meditación, por todo ello, no solo busca la luz, sino que ella misma es luz. Esa constatación, tan difícil y tan enormemente simple, es el despertar. Despertar a la dicha de ser lo que siempre fuimos en el Fondo: luz. Esa es la experiencia Zen.

 

   O como nos dice David Loy, Maestro Zen, “así pues, el Absoluto impersonal es la verdadera naturaleza de Dios y es no-dual puesto que incluye también a “nuestra” propia conciencia. Dicho en otras palabras, la experiencia de Dios consiste en olvidarse de uno mismo hasta el punto de volverse consciente de que la conciencia impregna todas y cada una de las cosas. La experiencia de la Deidad/Absoluto representa “abandono” y el reconocimiento pleno de lo que siempre hemos sido. El sentimiento de lo “santo” (lo “numinoso” de Otto) no es algo que las experiencias místicas “añadan” a los fenómenos del mundo sino una cualidad inherente a “nuestra” mente autorresplandeciente, de la que sólo podremos darnos cuenta cuando actualicemos nuestra verdadera naturaleza.

 

   Ramakrishna decía que prefería degustar el azúcar a convertirse en azúcar, una afirmación que implica que, antes de alcanzar la Iluminación completa, experimentaremos la acción del Absoluto personal en tanto que Dios. Así pues, Dios es el Absoluto visto “desde el exterior” pero ése es el único modo en que podemos verlo porque, en sí mismo, está tan despojado de cualidades distintivas que es una completa nada. Dios sólo es Dios en relación al yo y, cuando deja de haber un “yo”, concluye toda búsqueda espiritual.

 

   El camino de transformación es duro, pero las personas que están dispuestas a recorrerlo alcanzan la liberación de eso que con tanto acierto Marx bautizó como falsa conciencia. Nosotros queremos atravesar esa barrera de falsedad y despertar el ojo del Espíritu. Ese ojo, que, agudizado y afinado mediante el ejercicio del zazen, es capaz de ver la totalidad de lo manifestado emana de ese abismo causal que no tiene forma. Ese ojo que se abre al Ser sin imágenes, porque sólo cuando la vista ha quedado ciega a toda representación, es cuando se torna capaz de aprehender la luz del Ser Esencial.

 

   He tratado de salir al paso de algún malentendido que suele darse sobre la meditación Zen, sobre todo en personas especuladoras o académicas, que se acercan a él bien con la avidez de saber (el Zen no se preocupa del saber sino del EXPERIMENTAR, del VIBRAR) o en personas ávidas de tener experiencias trascendentes (el Zen no se preocupa de tener sino del SER), o en personas que, bajo la capa de la espiritualidad, en el fondo inconsciente persiguen adquirir poderes, es decir, poder (el Zen no se preocupa del poder, ni se identifica con los poderosos, sino que, muy al contrario, nos invita a experimentar la desidentificación con el pequeño ego, se aparta de la codicia, de la fama y de la autoglorificación e ilusión de omnipotencia). El Zen es la plenitud del VACÍO.

 

   Hay un modo de contemplación que se experimenta al comienzo:

  “El mejor de estos comienzos es un repentino vacío del alma donde las imágenes desaparecen, los conceptos y las palabras quedan en silencio, y la libertad y la claridad se abren de repente dentro de nosotros hasta que todo nuestro ser capta el milagro, la profundidad, la evidencia de Dios y, al mismo tiempo, Su vacío y Su insondable incomprensibilidad. Este contacto, este limpio soplo de entendimiento se produce raramente”.

 

   Terminaré esta introducción con un texto del místico alemán Tauler, discípulo del Maestro Eckhart:

     Cuando uno está en el ejercicio del recogimiento interior, el yo humano no tiene nada para sí. Al yo le gustaría tener algo y le gustaría saber algo, y le gustaría desear algo.

     Hasta que no muera este triple “algo”, le resultará duro a la persona.

    No es cosa de un día, ni de poco tiempo, sino que hay que adentrarse mediante un esfuerzo grande y llegar a acostumbrarse, desplegando gran dedicación.

    Hay que tener constancia, entonces llegará el día en que todo será fácil y delicioso.

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     ÍNDICE

 

I.                    Introducción

1.      Algunas aclaraciones sobre las personas cristianas que practican Zen

2.      Cuestionario

3.      ¿Qué es la experiencia?  

4.       La experiencia de “lo divino” 

5.      La experiencia religiosa cristiana

6.      La experiencia del vacío

7.      El despertar es caer en la cuenta, no una experiencia

8.      Dos visiones del despertar

9.       ¿Qué es la Iluminación?

10.    La Iluminación como experiencia del misterio

11.    Resumen y valoración ética del satori

12.    Valoración religiosa del satori

13.    Los grados del zazen

14.    Los varios Zen parciales o falsos

15.    Los diferentes grados de kenshö o de satori

16.    Condiciones favorables para el satori o kenshö

17.    El último Silencio

18.    El silencio de la Iluminación

19.   La entrada al satori

20.   Repercusiones del  satori en la vida cotidiana

21.   Ver dentro de la naturaleza. –Una experiencia cristiana de Zen-.

22.   Autovaciamiento y desprendimiento son fundamentales en todo camino espiritual.

23.   El yo exterior y el yo interior

24.   La visión cristiana del yo interior

25.   Vaciamiento de la conciencia egóica

26.   Retorno al mundo de lo concreto

27.   Desconocido e incognoscible misterio

28.   Iluminado como nueva creación

29.   Peligros de la práctica Zen para un cristiano

30.   El Zen y la espiritualidad cristiana. –Sincronización con la respiración-.

30.A)  Para los cristianos occidentales

30.B)  ¿Cómo podemos convertir la práctica del Zen en oración?

             30.C)  Y ¿para los cristianos orientales?

 

     31. Analogía con el sentimiento de la experiencia de Dios

     32. La experiencia mística

     33. Zen y plegaria contemplativa

     34. La experiencia mística, un hecho extraordinario en la vida

     35. Zen: mística del vacío

     36. La experiencia mística como unión con Dios

 

      II.     Conclusión: La Iluminación como ayuda en el acercamiento a Dios

 

 Continuación del artículo en PDF

 

 

        

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 © Revista Lindaraja. nº 34. 

31 de agosto de 2012.

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