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  Realidad y ficción  Revista Lindaraja. Revista de estudios interdisciplinares  ISSN:  1698 - 2169  
 

 

Revista Lindaraja

 

 

Revista Lindaraja. nº 32. 

25 de agosto de 2010.

 

 

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Marco Antonio de la Rosa Ruiz-Esparza

    


¿QUÉ  NOS  ENSEÑA  JAPÓN  CON  EL  DESASTRE  NUCLEAR?

Marco Antonio de la Rosa Ruiz Esparza

 

   El  nuevo milenio empezó con esperanza y expectativas. Se soñaba y se imaginaba un nuevo amanecer, un futuro nuevo. En el plazo de pocos años, sin embargo, el planeta ha experimentado algunos de los quejidos más devastadores de la historia humana de la que tenemos constancia. El tsunami de 2004 conmocionó al mundo. Le siguió un enorme terremoto en el norte de Paquistán; el huracán Katrina inundó Nueva Orleans, obligando a desalojar casi una ciudad entera; el ciclón Nargis devastó el delta del Irrawaddy en Birmania/Myanmar dejando tras de sí miles de muertos; y tan sólo unos días después, la provincia china de Sichuan se vio sacudida por un terremoto en el que murieron miles de personas, especialmente niños. Hace muy poco, varios Estados del sur y del norte de Australia han quedado devastados por algunos de los peores incendios e inundaciones que la Humanidad recuerda.[1] Y ahora nos llega un poderoso terremoto de 9.0 grados escala de Richter y un tremendo devastador tsunami el 11 de Marzo de 2011.

  Las cosas que a veces nos suceden nos obligan a la reflexión teológica. Algunos sucesos son capaces incluso de poner a prueba nuestra fe.[2] 

  En todas las religiones tenemos una fe común que es básicamente humana. Es una fe en el futuro; es la fe de la madre, que apretando a su hijo entre sus brazos en medio del terremoto, del tsunami, de la inundación, de la peste o de la guerra, le dice que todo irá bien. “No temas, yo estoy contigo”. A primera vista, todo está lejos de ir bien; la situación puede, incluso, calificarse de desesperada: la muerte puede ser inminente. Pero tiene una verdadera intuición de que de algún modo todo saldrá bien. Tal es la intuición a la que debería llevar un análisis transaccional: la creencia de que “yo estoy bien y tú estás bien”. Es algo que no se puede probar por el razonamiento y el silogismo. En último análisis debo hacer un acto de fe. Y el científico, a mi juicio, ha de tener también esta misma fe. Debe tener fe en el hombre y en el futuro de la raza humana. Sin esta fe, ¿para qué esforzarse? ¿Por qué esforzarse si no creo que gracias a  esta investigación “todo irá bien, y todo irá bien, y de todas maneras, todo irá bien?[3]

  Los cambios que están aconteciendo en la naturaleza son complejos, poliédricos, peligrosos; no logramos entenderlos y, además, escapan a nuestro control. Tienen un enorme impacto social y alterarán físicamente el aspecto de la Tierra. En esta ocasión no deshará la trampa nuestra clásica mezcla para resolver estos problemas, es decir, la combinación de recetas científicas y tecnológicas, completadas con medidas económicas, políticas y militares. Tenemos que cambiar hacia un nuevo estilo de vida, un estilo que requiere también unas actitudes espirituales adecuadas, como, por ejemplo, las que encontramos personificadas en los votos religiosos.

  La manipulación del medio ambiente ha producido ya desastres ecológicos y desequilibrios geográficos.[4]Somos conscientes de que ya están aconteciendo los dramáticos cambios medioambientales. La gestión de la seria crisis global se ha hecho inevitable. Desde el punto de vista teológico, el hecho de nuestra encarnación en el mundo, que abarca la realidad del planeta mediante la creación de una vida conjunta sostenible entre los seres humanos y la naturaleza, exige tomar decisiones concretas y comunes para afrontar los desastres y las amenazas contra la vida de millones de personas y de muchas otras criaturas. Las iglesias y las religiones están muy bien equipadas para jugar un papel activo en el ámbito de la solidaridad global. En efecto, constituyen redes mundiales y pueden apoyarse en los recursos de sus propias bases así como de sus instituciones educativas y medios de comunicación, como también en la espiritualidad, la liturgia y los sacramentos, y su influencia en el ámbito político. No prepararse para este genuino nivel práctico de la encarnación constituye es este momento un grave pecado de omisión. La construcción de una comunidad mundial de solidaridad implica reflexionar (re-legere) sobre el modo de conectar profundamente la realidad (re-ligare) con estructuras y formas de solidaridad y compasión que hagan frente al enorme sufrimiento. Todo un desafío al que la religión debe dar una respuesta actualmente.

   La crisis medioambiental tiene un carácter tan amenazante y tan complejo que mucha gente se ve atrapada en un proceso de negación. Su ecoescepticismo puede adoptar muchas formas: los indiferentes, los fundamentalistas que sostienen un acérrimo creacionismo y que se oponen a todo enfoque científico que les haga mirar cara a cara a la realidad, y los que niegan las características antropogénicas de la crisis, afirmando que los cambios de los estilos de vida exigidos aumentarán la pobreza y la injusticia mundiales. Las religiones y las iglesias tienen una enorme responsabilidad a la hora de abordar la desesperación y los temores que genera el ecoescepticismo para que surja el sensato sentido de la realidad que se requiere para afrontar el desafío. El conocimiento de los resultados obtenidos por la investigación científica y el hecho de confrontarse con el sufrimiento de quienes, como los más pobres de entre nosotros, pagan el precio más alto por el cambio climático, pueden ayudarnos a todos a pensar en el modo de reseñar la estructura de nuestra vida en común de forma sostenible.[5]

   La información pública ha sido de capital importancia para crear las condiciones que hagan efectivas las motivaciones. La información sobre el agotamiento de los recursos y la contaminación se ha incrementado rápidamente por el desarrollo de las investigaciones científicas sobre el medio ambiente y la sofisticación alcanzada por los sistemas de medición. La información es, en efecto, uno de los instrumentos más poderosos de la lucha. La información sobre los efectos de la actividad humana a largo plazo así como el desarrollo de los instrumentos de medición en el medio ambiente indican que poseemos un conocimiento científico mucho mayor que antes. Pero las reacciones ante esta información siguen siendo diversas.

   Mientras que las ciencias físicas y biológicas han incrementado nuestro conocimiento del impacto humano en el planeta, las ciencias sociales nos hacen caer en la cuenta de que el conocimiento de la degradación del medio ambiente y la identificación de las zonas en peligro pueden producir reacciones diferentes y no siempre las deseables. Una de estas reacciones consiste en repetir el proverbio “a comamos y bebamos que mañana moriremos”, y que se rige solamente por una búsqueda del propio interés al que no le preocupa ética alguna. Dado que muchos efectos medioambientales se producen a largo plazo, no nos afectarán a ti ni a mí, así que ¿para qué preocuparse? Con apenas cierta diferencia, nos encontramos con la reacción de la autoprotección. Actuamos para protegernos a nosotros mismos y nuestras familias del impacto, como les pasó a los muchos extranjeros que vivían en Japón y fueron desalojados por las embajadas de sus países; teniendo suficiente dinero podemos pagar más por los recursos escasos e incluso mudarnos a un territorio menos contaminado. Totalmente diferente es la reacción de sentirse abrumado por el problema, pues es tan enorme que no podemos hacer nada práctico o intelectual para solucionarlo. Esta reacción puede adoptar la forma de negación: la información no es cierta o está perversamente exagerada. Otra modalidad de esta reacción es el fatalismo: puesto que no podemos hacer nada para solucionarlo, sigamos tal como estamos. Hallamos otra forma de reaccionar que algunos ecologistas han denominado “elusión”. Tal reacción consiste en hacer algo positivo para mitigar los costes medioambientales de nuestro estilo de vida pero sin cambiarlo. Un ejemplo reciente de esta reacción se encuentra en la compensación por las emisiones de carbono (mediante los denominados créditos de carbono), especialmente entre las compañías aéreas.[6]


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[1]WAINWRIGHT E.M., SUSIN L.C., WILFRED F., S.J., Introducción al monográfico: Ecoteología: nuevas cuestiones y debates. CONCILIUM 331 (2009) 335. Verbo Divino. Estella.

[2] BAUM G., La enfermedad y el silencio de Dios. CONCILIUM 242 (1992) Verbo Divino. Estella.

[3] JOHNSTON W., S.J., La música callada. –La ciencia de la meditación-. Col. Betania 49. Paulinas. Madrid 1988, 4ª., ed., págs. 279-280.

[4] AA. VV., Interculturalidad y responsabilidad universal: ética planetaria, cuidado de la vida, bioética, desarrollo sostenible. www.companiademaria.net/es/redlaical/capitulo/doc_1.pdf , pág. 7. En: XVI Capítulo General Compañía de María. www.companiademaria.net/es/capitulo/capitol1.aspx

[5] HAERS J., Las teologías ecológicas como procesos de eclesiogénesis y de discernimiento común. CONCILIUM 331 (2009) 410-411. Verbo Divino. Estella.

[6] DARRAGH N., Teología, espiritualidad y praxis ascéticas. CONCILIUM 331 (2009) 420-421. Verbo Divino. Estella.

 

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© Marco Antonio de la Rosa Ruiz Esparza

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Marco Antonio de la Rosa Ruiz Esparza, M.G.

(Misionero de Guadalupe). Nacido en Aguascalientes,

 

Ags., (Méx.). Estudió filosofía en la Universidad Iberoamericana y teología en la Universidad Intercontinental, obteniendo el título de licenciado en teología. Ordenado sacerdote en 1983. Reside en Japón desde 1986. Párroco de Sukugawa, Pref. Fukushima (1992-1996). Representante de los Misioneros de Guadalupe ante el Consejo Diocesano de Pastoral de la Diócesis de Sendai, noroeste de Japón (1993-97) y del 2004 a la fecha miembro del Consejo Presbiteral y en ausencia del obispo del Consejo de Gobierno de la misma. Trabajo de Pastoral de Conjunto en la región de Aizu, Prefectura de Fukushima (1996-2004), donde fue director de dos grupos de contemplación Sadhana y Moderador de la misma (2002-2004). Practicó zazen con los Maestros Zen, Drs. Sato Kenko y Klaus Riesenhuber, S.J., y continúa bajo la asesoría del último. Desde febrero 2005 formará parte del Consejo Regional de la Misión de Japón de los Misioneros de Guadadalupe para el período 2005-2009. Actualmente reside en la catedral de Sendai. 

 

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