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Foro universitario. Filosofía. Literatura. Argumentación. Ciencia.
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Filosofía y literatura. Literatura e historia
Mercedes Laguna González
El tema de las relaciones entre la filosofía y la literatura es tratado por Martha Nussbaum en muchos de sus escritos y, es, concretamente, el hilo conductor –tejiendo el tema de las emociones y la racionalidad- de uno de sus últimos libros, Paisajes de pensamiento[1]. Yo me voy a detener para esta reflexión en su trabajo más conocido: La fragilidad del bien[2]. La filósofa norteamericana ha presentado siempre un pensamiento de corte interdisciplinar; se nota que ha investigado de cerca con los compañeros de otros departamentos en las universidades en donde ha trabajado; subraya repetidamente el ambiente de respeto y armonía entre las distintas áreas del conocimiento, el entusiasmo conjunto por las investigaciones. Martha Nussbaum convierte en método el uso de la literatura para sus reflexiones filosóficas, aunque no se trata de un mero añadido, como sucede en muchos casos, y, sobre todo, no consiste en un uso fragmentado de los textos, como mero apoyo del hilo discursivo en el texto filosófico. “Existe una diferencia muy clara, dice Nussbaum, entre la manera en que algunos filósofos modernos, por ejemplo Sidgwick y Rawls, han llevado a cabo sus investigaciones éticas de inspiración aristotélica y el método que me propongo seguir aquí. Esa diferencia radica en mi decisión de consultar determinados textos, en concreto cuatro tragedias que tradicionalmente no se consideran obras de “filosofía” sino “literarias”. Por lo general, se piensa que ambos tipos de textos tienen poco en común y tratan las cuestiones éticas de manera muy diferente. Sin embargo, los griegos estaban muy lejos de compartir esta opinión. Para ellos existían las vidas humanas y sus problemas, y, por otra parte, diversos géneros en prosa y verso en cuyo marco se podía reflexionar sobre tales asuntos. De hecho, los poetas épicos y trágicos eran tenidos por pensadores éticos de importancia fundamental y maestros de Grecia; nadie juzgaba sus obras menos serias, menos consagradas a la verdad que los tratados especulativos en prosa de historiadores y filósofos”[3].
Al leer La fragilidad del bien, yo recuerdo a Paul Ricoeur, y no sólo por la ética, ni sólo por el tratamiento que Nussbaum hace de las capacidades –a la manera de Amartya Sen- y que trae a la memoria el artículo de Ricoeur “Ser capaz, ser reconocido”[4]. Recuerdo a Paul Ricoeur por la manera de considerar la obra literaria, de forma global, atendiendo a la configuración de la trama. Es preciso estudiar la obra literaria en su complejidad, analizar su estructura y considerarla de manera íntegra. Los relatos que han leído, año tras año, generación tras generación, nos ofrecen a nuestra cultura concreta reflexiones sobre la situación del ser humano y nos muestran las experiencias de personajes complejos. Uno no puede decir, después de haber escuchado o leído el argumento de una novela (de un poema o una tragedia en el caso de los griegos), que ha captado el contenido de la obra. Lo que el autor quiere comunicarnos o, más aún, aquello que el lector puede captar tras la lectura de la obra, se adquiere sólo una vez concluida la lectura completa, y después de haber hecho un proceso de interpretación personal. Como pueden las versiones truncadas destrozar el original lo comprobamos muy bien cuando vemos convertidos en títeres planos a los grandes y complejos personajes de las obras literarias, con la intención de facilitar la lectura, en muchas ocasiones, se distorsiona la obra hasta límites insospechados, sólo reparables si volvemos a la versión íntegra. Es un sano ejercicio releer la introducción[5] de Notre-Dame de Paris. Allí Víctor Hugo nos recuerda que los “capítulos puente”, las largas descripciones, las detalladas explicaciones históricas no son, desde luego, un mero relleno de la obra; si saltamos buscando sólo los hitos más destacados de la acción, obtendremos material para el resumen del argumento, pero habremos perdido la construcción de la trama, y, por tanto, lo esencial del relato. “Una novela nace, casi necesariamente, con todos sus capítulos; un drama con todas sus escenas. No creáis que hay algo arbitrario en el número de partes en que ese todo está compuesto, ese microcosmos misterioso que llamáis drama o novela. […] Sin duda estos capítulos reencontrados tendrán poco valor a los ojos de las personas, por lo demás muy juiciosas, que no busquen en Nuestra Señora de París más que el drama y la novela[6]. Pero quizá haya otros lectores a quienes no haya parecido ocioso estudiar el ideario estético o filosófico escondido en este libro, que han querido, mientras leían Nuestra Señora de París, desenredar por debajo de la novela otra cosa diferente que la propia novela y, permítasenos una expresión algo ambiciosa, seguir el procedimiento del historiador y el objetivo del artista a través de la creación pura y simple del poeta”[7]. De esta manera, la novela de Víctor Hugo nos trae, desde el pasado, el ambiente de la Edad Media –con el arte y la arquitectura que el autor quiere con obstinación recuperar y conservar-, pero también, y a la vez, el contexto social, político y cultural de la Francia de 1831, con todas sus agitaciones, revoluciones y restauraciones. Es la verdad de la historia que aporta la literatura y que, como antes decíamos respecto a la filosofía, ayuda a conocer más al ser humano, al ofrecernos datos detallados, minúsculos, pero importantes de su historia. Lo que somos ahora recoge lo que hemos sido; lo que es la humanidad ahora no se puede desprender de lo que ha sido. Y, por supuesto, es una forma de preparar el futuro. -------------------------------------------------------------------------- [1] Nussbaum, M. Paisajes del pensamiento. Paidós, Barcelona, 2008. Traducción de Araceli Maira. [2] Nussbaum, M., The fragility of goodness. Luck and ethics in Greek tragedy and philosophy. University of Cambridge, Cambridge University Press, 1986. [3] Nussbaum, M., La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega, Madrid, Antonio Machado Libros, 2003, p. 40. Traducción de Antonio Ballesteros. [4] Texto escrito por Paul Ricoeur con motivo de la recepción del Premio Kluge, otorgado por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos en 2004. Publicado por France Diplomatique en Revue des Revues, diciembre de 2005. http://www.filosofiayliteratura.org/Lengua/segundo/06-07/volversecapaz.htm [5] La nota de 1832 escrita por el autor como presentación de la octava edición. [6] Aquí los términos “novela” y “drama” son utilizados por Víctor Hugo con el significado de “argumento”. Desparecería la urdimbre de los capítulos y partes de la obra que constituye la intriga. [7] Hugo, V., Nuestra Señora de París. Nota añadida a la octava edición –añadido de los capítulos perdidos- (1832), pp. 49-50. Traducción de Alberto Torrego Salcedo. Madrid, Gredos, 2006. Edición original: París, 1831.
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