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Revista DIOTIMA DE MANTINEA Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

 

 

 

 

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  El niño que hablaba con las estatuas

Herminia Pérez Cifuentes

 

Pero nadie le contestó porque era una estatua urbana de las que ponen los ayuntamientos para que, al pasear por las calles de la periferia, nos sintamos menos solos.

Pablo hablaba con las estatuas, con los pájaros, con las piedras, porque llevaba nueve años intentando hablar con las personas y no había logrado comunicarse bien con ellas. Los niños de su barrio, el kioskero de su barrio y algunas personas que al pasar por allí, por su barrio, lo veían, opinaban que el niño no era muy inteligente porque trataba de hablar con las estatuas de los parques. Realmente un niño que pregunta a las estatuas esperando su respuesta no es que sea poco inteligente sino que está confundiendo realidad y ficción. ¿Cómo se sentirían ellos si desde su nacimiento no hubiesen podido comunicarse apenas con nadie? ¿Cómo se sentirían si todos los conocimientos académicos del colegio estuviesen muy por debajo de sus posibilidades? ¿Cómo se sentirían si los tratasen con la falta de sensibilidad de sus maestros, sus amigos, y algún que otro observador que emite juicios de valor muy a la ligera? ¿Cómo creen que se sentiría un niño pequeño que tiene que adaptarse siempre a los demás?

Yo os voy a relatar por qué el frágil equilibrio de un niño de nueve años se estaba tambaleando de esa manera peligrosa y triste:

…Una fría y clara mañana de diciembre de hace nueve años nacía un precioso niño de ojos grandes que miraba su recién estrenado mundo con curiosidad. A los nueve meses andaba y decía bastantes palabras sueltas, dejando rápidamente mamá, agua, papá, luz y patata en segundo lugar. A los tres años había aprendido a leer, a escribir, a sumar y a restar con soltura sólo viendo y escuchando programas infantiles de televisión. Extrovertido, alegre y cariñoso daba gusto verlo ir y venir con las manos llenas siempre de algo y un brillo especial en la mirada.

Al alcanzar la edad de cuatro años sus padres decidieron escolarizarlo. Para entonces Pablo tenía superados los objetivos mínimos de los primeros cursos de primaria. Por esta razón  la monja que le daba clase  quiso hablar con su madre:

-No debería usted enseñar cosas así a su hijo. Los niños tienen un ritmo de  desarrollo y no es bueno forzarles ni hacer que quemen etapas tan rápido-. Se lo decía con voz suave y aleccionadora propia de la gente que cree que tiene la verdad absoluta; con su mirada amarilla, su ropa gris y su pelo gris oculto tras su toca negra.

-Pero si nadie le ha enseñado esas cosas. ¿Usted cree que si fuese tan fácil, no habría muchos niños así? Pero me preocupa su preocupación, dígame ¿es que ha visto algún síntoma de desequilibrio o de sobreestimulación en mi hijo?-dijo la madre de Pablo realmente inquieta e intuyendo que el entendimiento no sería posible.

-No. No… por ahora. Pero yo no puedo evitar que el niño comience a aburrirse…-dijo la madre Ángeles sin dejar de sonreír.

-¿Y por que no le pasan uno de esos test para ver si es sobredotado?

-No creo que lo sea -dijo a la vez que mostraba una sonrisa horizontal para añadir a continuación: -Querida Alicia es normal que todos los padres piensen que sus hijos son los más listos. Es bueno que el niño siga su propio desarrollo psicomotor como te he dicho. Por el bien de Pablo no le enseñes raíces cuadradas -dijo con sorna.

Las cosas quedaron ahí ese año. A Pablo -como era un niño muy bueno- lo dedicó la madre Ángeles a ayudarle a enseñar a leer a los demás sin tener en cuenta el desarrollo psicomotor del que tanto hacía alarde. Porque una cosa era la gran inteligencia de Pablo y otra su maduración. Su edad afectiva sí era la de un niño de seis años.

 Para primero de primaria su letra se había deformado, erraba todas las sumas y restas por fáciles que fuesen y terminaba el último las tareas escolares. Se convirtió en un niño callado y un poco triste cuando había sido un terremoto de pequeño. Su madre intentaba ayudarle impotente-ojala hubiese estudiado Magisterio en vez de Derecho-pensaba. Jugaba al ajedrez con él, le contaba muchos cuentos y le compraba más y más libros. Ella sabía que el expediente académico de su hijo no se correspondía con sus capacidades, pero ¡es algo tan frecuente! Se sentía culpable pensando que no le estaba dando una buena educación; que no estaba siendo capaz de hacerlo feliz. Porque la superdotación era algo tan de película que al rechazarlo de plano todos los profesionales, ella no se lo había vuelto a plantear. Lo único que observaba es que en verano el carácter de Pablo mejoraba para volver a apagarse en invierno.

Llegó segundo de primaria y ante los malos resultados en clase, la maestra volvió a llamar a su madre. Esta vez, si hablaron del carácter triste y retraído del niño y de sus errores garrafales.

-No, si yo sé que no es tonto; si es listo… Pero se equivoca hasta en las series de números. Yo, perdóneme que le pregunte, pero pienso que puede haber algún tipo de problema en casa… Es que está muy tristón.

-No. El ambiente en casa es normal. Lo que si observo es que juega al ajedrez maravillosamente. No tuve que enseñarlo, aprendió al vernos jugar a su padre y a mí; le gusta la astronomía, la historia… Quizás se aburra en clase-sugirió la madre de Pablo con timidez y un poco nerviosa ante los ojos vacíos y duros de muñeca antigua de la maestra.

-Creo que no me ha entendido bien. Tiene una letra horrorosa, se salta palabras, no le da tiempo a terminar sus ejercicios… Es un niño normal pero con algún problema.

-Creo que deberían hacerle alguna prueba.

-Lo que debe es comprarle libretas Rubio. Este verano debe hacer mucha caligrafía y sumas y restas. Pase más tiempo con él. Siempre lo trae la chica que tienen en casa… Hágale dictados y cuéntele muchos cuentos. Mire, una vez una madre insistió para hacerle unos test a su hijo porque decía que ella y su hijo mayor eran superdotados y lo único que consiguió es tensionar al niño y que luego, sus compañeros, se burlaran de él.

-Ya. Veo que la inteligencia es un bien que no escasea: todo el mundo cree tener la necesaria- dijo la madre de Pablo harta de tanto consejo y ninguna solución.

Llevaron a Pablo a un psicólogo. A los dos meses la madre consiguió convencer a éste para que le pasase unas pruebas de C. I. a su hijo. Con cierta reticencia las realizó. Se trató de  una de esas ligeras para callar la boca de la madre y porque el psicólogo, que tenía uno de los gabinetes más prestigiosos de la provincia, no daba con la respuesta a los problemas de Pablo.

-Ha tocado techo -dijo pasmado Vicente, el psicólogo.

-Bueno, pues pásale otro más específico -dijo la madre que para entonces ya estaba haciendo tercero de Psicología.

-Yo no estoy especializado en eso -dijo Vicente con toda honradez. Hay un centro muy bueno, pero es caro…

-De acuerdo -dijo resuelta Alicia.

Alicia vendió su casa y compró un piso porque estos gastos, que le suponían semanas enteras fuera de casa sin trabajar, y un divorcio eran mucho para una economía normalita.

-Su hijo tiene 165 de C.I. y una inteligencia emocional fuera de lo normal. Es algo poco común. –Dijo la elegante psicóloga, aséptica y profesional, cruzando las piernas y estirando un poco el pie enfundado en un brillante tacón negro.-.Debe entender que una persona corriente tiene un CI de 90, 100 ya es una persona considerada inteligente.

-Si, lo sé. ¿Pero ahora qué? –dijo pensativa Alicia comenzando a entender muchas cosas e intuyendo que nadie le daría una solución

-Bueno, lo pueden promocionar, aunque eso es una solución temporal… Un colegio especial pero tendría que irse fuera del país; en España están prohibidos.

Así Pablo, de los siete a los nueve años, realizó cuatro clases de test diferentes porque los psicólogos escolares no aceptaron los privados que presentó su madre. Promocionó ante la insistencia de Alicia a regañadientes de toda la comunidad educativa. Todo el mundo se creía con derecho a opinar aunque no se le hubiese consultado nada; lo veían una medida desproporcionada, decían. Tuvo que cambiar de centro, pero ese año Pablo sacó todo sobresaliente y se sentía algo menos frustrado. Sin embargo, con nueve años comenzó a desmotivarse y aburrirse de nuevo, tanto que se quedaba dormido en clase, se olvidaba los libros y comenzó a protestar todos los días porque no quería ir al colegio. Dejó de hablar con las personas reales para hablar con sus amigos imaginarios y ¿por qué no? también con las estatuas y los personajes de los tebeos.

 

 

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 © Herminia Pérez Cifuentes, Veterinaria, Diplomada en Ciencias Humanas y Licenciada en Historia del Arte.

 

 © Revista DIOTIMA DE MANTINEA Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

. 1 de septiembre de 2008.

 

 

 

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