Quiero morir de amor esta
tarde en el campo.
Estoy echado solo, con Dios y
mi poesía,
sobre la tierra húmeda del
castañar que el viento
del otoño descrencha con su
peine de frío.
Mátame dulcemente, muerte que
nos acechas:
ven ahora callada, ven ahora,
callada
por el sendero, ahora que el
corazón me tiembla
de amor, que todavía puedo
darlo sangrante
y destrozado pero como una
fuente puro.
Ven, que quiero contarte esta
tarde en el campo,
a ti, que sólo tú podrías
consolarme,
todo el amargo cauce de mi
llanto secreto,
a ti, que eres la única
confidente que calla.
Un pájaro vuela por los
pinos. ¿Son tus alas
las que mueven las nubes
brillantes por el cielo
o vendrás cautelosa avanzando
en la sombra,
y no oiré ni el crujido de
las hojas pisadas?
Si eres libertadora de todo
sufrimiento,
no, no vengas ahora a esta
cita en el campo,
si te llamo no quiero el
olvido en tu sueño
sino el quedar por siempre
eterno en mi recuerdo.
Ven pronto, pronto, muerte.
Ven, muerte, que te llamo,
antes que el corazón se me
enturbie de odios
y me ciña el deseo con sus
llamas ardientes.
Antes de que despierte el
desprecio dormido,
ven, y, en tu dura piedra,
haz mi dolor eterno.
Ven, muerte, que no quiero
olvidar, y ya veo
al fondo del dolor la aurora
del olvido.
Ven, que quiero morir esta
tarde en el campo.
ELEGÍA
Me envuelvo en tu recuerdo
como en nieblas secretas que me apartan del mundo.
En la calle sonrío al amigo que pasa,
y nadie,
nunca nadie
adivinó mi muerte bajo aquella sonrisa
ni el frío sin consuelo de mis ojos que ciegan
pidiendo de los tuyos más desdén,
más veneno.
Ahora que la tarde se derrumba en las sombras,
y que el libro de versos resbala por mis manos,
ahora que la lluvia llora por los cristales
de mi ventana,
y llanto va a caer de mis ojos,
antes de que una mano encienda la dorada
llama de mi quinqué,
dime si tú no sueñas en tu balcón, ahora
que la lluvia nos une a los dos con sus lágrimas,
o si sobre el teclado de tu piano oscuro
agoniza Chopin
bajo tus manos trémulas.
Nunca sabrás el loco deseo que me tortura
de cautivar tus labios bajo mi boca ávida,
y sentir el latido de tu sien en mi mano
aprisionada como un pájaro aterido.
Pero no sabrás nunca nada de mi deseo.
Nada de cuando pienso desgarrar con mis dientes
los azules canales de tus venas
y juntos
morirnos desangrados, confundidas las sangres.
Pero estamos ajenos.
Yo sigo en mi ventana,
y tú soñando en otro mientras Chopin suspira,
ahora que aún no arde en mi quinqué la luz
y que a los dos nos une la lluvia con sus lágrimas.
HACE YA TIEMPO
QUE NO SÉ DE TI...
A Cándida Guerrero Natera
Hace ya tiempo que no sé de ti
y está la sierra como te gustaba
con el otoño.
Por Escalonias y por San Calixto
a las primeras lluvias han crecido
las hierbas y una seña silenciosa
me entregan tuya en verdor y aroma.
Las ciervas ramonean acebuches
y está la brama resonando fiera,
en el fragor del monte su sollozo.
El venado de sombra taciturna
alza la cuerna como un candelabro
que incendiara de celo y oro el bosque,
y el jaro jabalí híspido bate
el hosco ramo prieto de la encina,
tal me decías.
Hace ya tiempo que callas, lejana.
Mañana de los lunes en el viejo
archivo provincial, legajos, cintas
rojas de las carpetas, boletines.
Todo el oficinal rito perenne
se estremecía al aire del lentisco,
al varear de juncos en las fugas,
al corno inglés en óperas de Weber.
Y queda aún olor de jara y pólvora,
en el veraz relato, entre tus manos,
hace ya tiempo.
Y pienso en ti y sonrío y me es grata
tu memoria, como una prenda usada
de abrigo al calofrío de la casa.
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INFAME TURBA
Nunca supimos qué pájaro era aquel
que cantaba al besarnos...
Al besarnos el alba
sería la alondra ilustre,
el vano timbalero de Verona,
diana floreciendo en el dormido alféizar,
salvas inoportunas,
diligentes clarines matinales
hostigando al amante perezoso
su ligera fanfarria.
Nunca supimos qué pájaro era aquel
que cantaba...
Que cantaba en la noche,
ruiseñor, géiser puro
de lágrimas brotando, silenciosa
perla de la armonía, copa lívida
desbordando tristeza y ebriedad.
Voz sacra de la luna. A su conjuro,
espectral médium pálido,
entre la fronda ensimismada surgen
invocadas estatuas.
Nunca supimos qué pájaro era aquel...
Era aquel mirlo blanco
que llamaba desde la oscura tarde,
cuco, péndulo primaveral
pausadamente hiriendo en el recuerdo.
Ribera del amor, aparejadas
las aves, las sonrisas, golondrinas,
paloma de collar, colibrí, pechirrojo,
pueblan libres el ámbito.
Nunca supimos qué pájaro...
¿Qué pájaro del frío, aguzanieves
del olvido, avefría, nevatilla,
trémulas patas sobre ramas yertas,
con sus picos hurgando en el sonoro
corazón, tronco vivo retumbante,
cavaban tumbas al helor del tiempo?
Nunca supimos...
Supimos bien si aquel reclamo era
gorjeo artificial, ruedas, tornillos,
un jilguero mecánico, espejuelos
o canario de cuerda, fidelísima
tórtola de latón y purpurina,
selvática viuda desolada.
Nunca...
Sí, nunca nos besamos.
JAZMÍN
Para Quinín García de la Bárcena
Amiga mía, a veces si estoy leyendo y llueve
como ahora, tu voz parece oírse cerca,
por entre los grabados del pasillo y la cal
que intenta ser imagen de un callejón de Córdoba.
Brilla en el vaso apenas un copo de jazmines,
el fugitivo olor que tu mano ordenaba
sobre el mantel listado, con el pan y el cubierto
de la ternura abierta en la frugal vianda.
¿Te olvidamos un poco? Tú cruzas silenciosa.
Nuestros días se han hecho sordos y no esperamos,
con la vejez terrible, unas lágrimas frescas.
El llanto es privilegio de los amores jóvenes.
Mas tu perfil en sepia de la fotografía
me lleva hasta los libres, primeros años 30:
las trenzas -Lily Cépannek- en diadema de mieses,
la angostura del cóctel, la rosa de un abdullah.
Aquel túnel de sangre del verano... Chirriando
se detuvo el expreso en andenes hostiles
y atrás quedó el bagaje y el inútil retorno
talló de sales duras la mirada al pasado.
Luego, ya tejedora de bufandas de hastío,
vas y vienes, levantas el estor, la sonrisa,
y en el alféizar húmedo desmenuzas las migas
doradas para el ave mortal de la tristeza.
Oscurece tan pronto. Obediente a los signos
caminas al encuentro en el atrio sombrío.
Fulge a la luna el miedo cipresal de la noche
y está el naipe marcado con la indecible cifra.
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LA CALLE DE ARMAS
Así te amaba, voz lejana, cuando decías:
Amanecía entonces en la calle de Armas...
Era un carro ruidoso de gaseosas, sifones y aguas
medicinales
donde la aurora, dulce, sonreía
como en triunfal cuadriga de leonados caballos.
Cantaban, enjauladas, desde los hondos patios, las perdices,
y el santero enlazaba de frescos heliotropos
el centro de la Virgen del Socorro.
Abrían los torneros sus puertas,
y en la tienda cercana de tejidos
colgaban de las perchas, rígidos, los capotes
y las listadas telas flameaban al indolente aire
como paramentos suntuosos abatidos sobre murientes fiestas.
Las barberías humildes,
el azogue manchado del espejo,
irisaban de un rosa pálido de pomadas,
de un azul de colonias, de verdes brillantinas,
como un pavo real entreabriendo el ocaso purpúreo de su
cola.
Y los moldes de lata para dulces,
las jaulas, las parrillas, los grandes rayadores,
como escudos vencidos de guerreros,
colgaban en la puerta del latonero hábil,
donde el estaño finge un pez que salta líquido.
En el número 7 de la calle de Armas,
al pasar, el estío soplaba sus vaharadas de esencias
turbadoras:
inmóvil mediodía en las eras calientes
cuando un sátiro joven deja caer el chorro de agua de su
flauta.
Allí estaban las hoces, las trallas, los rastrillos,
las cribas, los sombreros de segador, los bieldos,
y Junio respiraba coronado de adelfas
que mustian los deseos con sus labios ardientes.
Sobre grandes canastos
se encontraban la yesca y el laurel victorioso,
las navajas y el huevo de zurcir calcetines;
y en papeles aparte, la sal y los cominos,
el azafrán bermejo, como cabellos cárdenos de corsarios
turquíes,
el orégano amargo y el perejil fragante.
María Francisca, abeja en panal de almidón,
con delantales blancos de caladas vainicas, por la
confitería
repartía la dicha en cajas de sorpresa,
con estampas brillantes de fabulosos pájaros en selvas
irreales
y misteriosas cruces que acercando a los ojos,
enseñaban la casa santa de Loreto
o la gruta de Lourdes.
Cuando la tienda estaba dormida en la bateas al sopor de las
moscas,
sus prodigiosas manos,
con tibias tenacillas y el ámbar de sus uñas,
rizaban los manteles albos de los altares,
los amitos, roquetes, los finos pañizuelos eucarísticos
y los mismos repliegues, idénticas cenefas
que bordaban de crema los pasteles de hojaldre,
cándidas margaritas, abullonadas nubes,
rodeaban el sacro pelícano sangrante
y el vellón inocente del Agnus Dei.
Con un largo quejido
anunciaba el sillero amarillas aneas,
y el vendedor de cuadros extendía sus cromos
donde una mujer rubia, con el cabello suelto
y felpa de brillantes,
desde una rosaleda, arrojaba a los cisnes blancos copos de
almendro,
mientras la muerte rema, adornada de flores,
por el viejo taller del relojero,
en la dorada barca del tiempo, al compás de la péndola.
tenue cual la guadaña abatiendo las mieses.
Así, lejana, voz perdida, te amaba cuando decías:
Era el amanecer en la calle de Armas...
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NOCHE OSCURA
San Juan de la Cruz
Porque es de noche y va cayendo el agua
nos abrazamos, solos, en el viejo
regazo del sofá en tanto suena
la voz de Nat King Cole, triste y cálida
rama de broncas ascuas crepitantes
en la garganta humana de los discos.
Aunque es de noche duerme en su litera
de angustia el senescal, ora dormido
el obispo yacente sobre el laude
y en su cama de ruedas duerme el ciego.
Dormido el mundo, tú y yo veíamos
solos sobre la tierra, porque es noche
y el agua vierte pura hondo sueño.
Un humo de durmientes nos acerca
las bocas... Calla tu corazón al miedo
aunque es de noche y está frío el planeta
con nosotros y el bosque de esa música
tupiendo yedras alrededor nuestro.
Llamas somos de un sueño largo y torpe
que los tendidos sueñan silenciosos
desde el catre postrero de la tierra.
Sólo es real el vaso rebosante
de mi sed, aunque el agua está manando
y es de noche para siempre, noche oscura.
PALACIO
DEL CINEMATÓGRAFO
Impares. Fila 13. Butaca 3. Te espero como siempre.
Tú sabes que estoy aquí. Te espero.
A través de un oscuro bosque de ilusionismo
llegarás, si traído por el haz nigromántico
o por el sueño triste de mis ojos
donde alientas, oh lámpara temblorosa en el cuévano
profundo de la noche, amor, amor ya mío.
Llegarás entre el grito del sioux y las hachas
antes de que la rubia heroína sea raptada:
date prisa, tú puedes impedirlo. O quizás
en el mismo momento en que el puñal levanta
las joyas de la ira y la sangre grasienta
de los asesinos resbala gorda y tibia,
como cárdena larva aún dudosa
entre sopor y vida, gotando
por el rojo peluche de las localidades.
Ven ahora. Un lago clausurado de altos
árboles verdes, altos ministriles, que pulsa
la capilla sagrada de los vientos
nos llama; o el ciclamen vivo de las praderas
por donde el loco corazón galopa
oyendo al histrión que declama las viejas
palabras, sin creerlas, del amor y los celos:
«Pagamos un precio muy elevado por aquella felicidad»;
o bien: «Ahora soy yo quien necesita luz».
y más tarde: «Tuve miedo de ir demasiado lejos»,
en tanto que el malvís, entre los azafranes
del tecnicolor, vuela como una gema alada.
Ah, llega pronto junto a mí y vence
cuando la espada abate damascenas lorigas
y el gentil faraute con su larga trompeta
pasea la palestra de draperías pesadas
junto al escaño gótico de Sir Walter Scott.
Vence con tu áureo nombre, oh Rey Midas;
conviérteme en monedas de oro para pagar tus besos,
en el vino de oro que quema entre tus labios,
en los guantes de oro con los cuales tonsuras
el capuz abacial de rojos tulipanes.
Vendrás. Alguna vez estarás a mi lado
en la tenue penumbra de la noche ya eterna.
Sentado en la caliza de astral anfiteatro
te esperaré. Tal ciego que recobra la luz,
me buscarás. Tus hijos estarán en su palco
de congelado yeso, divertidos, mirando
increíbles proezas de cowboys celestiales,
y yo, ya sabes dónde: impares, fila 13.
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PINAR DE LA
PIEDRA
Hay una débil música enredada en mis dedos
como indolentes, verdes algas dormidas,
cuando Mayo desnuda de negros pabellones
mi errante pensamiento.
Hay un tejido espeso como aroma de mieles y de trigo,
que envuelve adormeciendo roca y nube.
Es temprano en la tarde.
El arroyo abandona su flauta entre la hierba.
Me inclino reverente para beber y el agua
pone en mis cerrados párpados su húmeda caricia.
Sobre la tierra extiendo mi pereza
y Mayo me despoja de la corteza gris y extraña de mi traje
ciñéndome triunfal con la guirnalda azul de sus ramajes
lánguidos
y en el silencio olvido el remolino inquieto de mi alma.
Ahora soy complacido todo tierra,
sólo un montón de tierra donde crecen florecillas salvajes
como desnudas piernas deseadas
y hay un himno en mis labios,
un himno que levanta su corola
como la púrpura de la diana en un alba con lluvia.
Por el pinar en sombra se difunden sonrisas de armonía
cuando la tarde estruja jacintos olorosos
en el cáliz temblante de los árboles.
La montaña se aleja en éxtasis de humo...
Yo espero confiado que tu inicial escrita en la piedra
callada
vuelva a hablarme en la noche con tu voz,
con la voz del agua en el venero,
de ese agua que rompe su líquido alabastro
en el silencio verde de las hierbas.
SÓLO
TU AMOR Y EL AGUA...
Sólo tu amor y el agua...
Octubre junto al río
bañaba los racimos dorados de la tarde,
y aquella luna odiosa iba subiendo, clara,
ahuyentando las negras violetas de la sombra.
Yo iba perdido, náufrago por mares de deseo,
cegado por la bruma suave de tu pelo.
De tu pelo que ahogaba la voz en mi garganta
cuando perdía mi boca en sus horas de niebla.
Sólo tu amor y el agua... El río, dulcemente,
callaba sus rumores al pasar por nosotros,
y el aire estremecido apenas se atrevía
a mover en la orilla las hojas de los álamos.
Sólo se oía, dulce como el vuelo de un ángel
al rozar con sus alas una estrella dormida,
el choque fugitivo que quiere hacerse eterno,
de mis labios bebiendo en los tuyos la vida.
Lo puro de tus senos me mordía en el pecho
con la fragancia tímida de dos lirios silvestres,
de dos lirios mecidos por la inocente brisa
cuando el verano extiende su ardor por las colinas.
La noche se llenaba de olores de membrillo,
y mientras en mis manos tu corazón dormía,
perdido, acariciante, como un beso lejano,
el río suspiraba...
Sólo tu amor y el agua...
Rumor
oculto
Quiero que sea mi verso
como luna de abril,
como las rosas blancas,
como las hojas nuevas.
Que mi cítara suene
como el agua en la yedra,
que mi canto sea nada
para que lo sea todo
y que a mis versos caigan
heridas las estrellas.
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AMANTES
" El que todo lo ama con las manos
despierta la caricia de las cítaras,
siente el silencio y su pesada carne
fluyendo como ungüento entre los dedos,
lame la lenta lengua de sus manos
el hueso de la tarde y sus sortijas
se enredan en el ave adormecida
del viento. Labra en mármoles de humo
el cuerpo palpitante del abrazo
extenuado cual cervato agónico,
y con el pico frío de sus uñas
monda la oliva efímera del beso.
El que se ama solo, el que se sueña
bajo el deseo blanco de las sábanas,
el que llora por sí, el que se pierde
tras espejos de lluvia y el que busca
su boca cuando bebe el don del vino,
el que sorbe en la axila de la rosa
la pereza oferente de sus hombros,
el que encuentra los muslos del aljibe
contra sus muslos, como un saurio verde
sobre el mármol desnudo e inviolado,
ese que pisa, sombra, desdeñoso
el pavimento de las madrugadas.
El que ama un instante, peregrino
voluble, de flauta hasta los labios,
de la trenza al citiso, de los cisnes
a la garganta, de la perla al párpado,
de la cintura al ágata, del paje
a la calandria y tras él, silente
va talando el olvido de las mieses altas,
tirso áureos de espigas, leves brotes,
todo un bosque confuso de recuerdos,
y él va cantando, ruiseñor nocturno,
capricho y galanía, bajo la luna.
Y el que besa llorando y el que sólo
sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,
para no amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte lleva silencioso
devorando su corazón de gules.
Todos, la noche maga con su rezo
los enloquece, clava en sus pupilas
el helor de su vaga nieve negra,
les da a beber rencor entre sus manos,
los hurta en el arzón de sus corceles,
los trae y los lleva como mar en cólera,
coronadas las olas de sollozos,
de cabelleras náufragas, de sangre,
y los devuelve dulces, poseídos,
hasta la playa bruna y solitaria. "
Niña
de los Peines
Giralda de las voces...
Padecía
por su garganta un ave
prisionera.
Era la pena de la petenera
y era un vuelo de llanto y
agonía.
Entre el celo y la muerte y
la armonía
de la amargura ardiendo como
cera
está Pastora sobre su ara
ibera:
Nuestra Señora del Andalucía.
Cádiz de sal, Triana de la
luna,
Málaga del jazmín, Córdoba
amante,
le dan el vino denso del
olvido.
Y ella, que el grito y el
silencio aúna,
raja el granado rojo de su
cante
y entrega el corazón y su
latido.
Rocío
Moragas
La púrpura, el clavel, el
vino ardiente...
No. La noche, el estío con su
llama.
La adelfa que el arroyo en
sangre inflama...
Tampoco. Ni el coral del sol
poniente.
Tal vez la nieve, la
magnolia, el frío
pétalo de la aurora y de la
acacia.
¿Dónde encontrar la imagen de
tu gracia
si la perla por ti se hace
rocío?
Un rumor de guitarra y
calentura
quiebra en sollozo el vuelo
de su talle:
no podréis imitarla,
surtidores,
cuando grácil de mármol su
escultura
ofrece al viento turbio de su
valle
como llama de luna entre las
flores.
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CÓRDOBA
A Carlos Castilla
«¿A quién pediremos noticias
de Córdoba?»
Porque las piedras que amabas
a la tarde han sido derribadas,
talados los cipreses y su
claustro de salmos silencioso,
destruidos los arcos,
el capitel rodó sobre la
ortiga
y los artesonados aplastaron
blasones,
soberbia, yelmos, gules...
Corrió la lagartija sobre
lises
y las manos falaces arrasaron
vergeles,
enmudeció la esquila en la
espadaña,
abatieron dinteles, picaron
tracerías, hundieron hornacinas
y a la venta pusieron
atauriques,
teselas, surtidores, plata
ilustre de ofrendas
y cobraron monedas de la
traición tus hijos,
subastaron tus lágrimas, oh
madre,
patria mía.
No había más belleza en este
mundo.
Por las calles de cal, cuando
furtiva
ajena sombra iba enamorada,
incansable de sol a sol,
tejiendo el embeleso luna a
luna,
telones de murallas, celosías
de altas clausuras,
palmas de sombra sobre tapias
blancas,
era ya sólo amor el
escenario,
la letanía armoniosa de los
nombres:
Muro de la Misericordia,
Alcázar Viejo,
Plaza de los Aguayos, Piedra
Escrita,
Tesoro, Hoguera, Cidros,
Mucho Trigo.
¿Qué ramos de tristeza los
naranjos al cielo levantaban?
¿Qué soledad y sus arpas de
relente
enfriaban heridas como joyas?
Fuentes cegadas, oigo
vuestros caños por la memoria,
vivas gargantas sollozantes.
Palpo el mármol, los fustes,
las verdinas
sobre bronces ecuestres.
Aromas como anillos
ciñen nupcias, suben por
galerías desvaídas:
jazmín morisco, lilas,
ajedrea.
Edén siempre perdido,
concédeme el recuerdo y su
llave de niebla.
Don Luis se alejó por la
calleja,
el Duque miró el ángel dorado
del ocaso,
volvió al baño Lucano y tus
hijos
de la campiña fueron a
trabajar a Düsseldorf.
Amarillas banderas
como présagas aves codiciosas
enlutaron terrazas. Usura y
avaricia
la heredad repartieron
destruyéndola,
dividieron tu duelo,
echaron suertes
sobre el solar patricio,
fonsque sophiae,
mientras te disfrazaban
percalinas
para un siniestro carnaval
turístico,
oh inmortal, eterna, augusta
siempre,
oh flor pisoteada de España.