REALIDAD Y FICCIÓN                                                                                                                                        LECTURA, COMENTARIO, CREACIÓN                                                                                                                                                                                 Edición de la página

       Lengua y literatura     

Web de la profesora Mercedes Laguna

 I.E.S. "Pedro Jiménez Montoya" Baza (Granada) 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Joaquín Bosque Maurel: Galdós y su Madrid

Revista "Anales de Geografía de la Universidad Complutense". 2002

 

Descripción del hospedaje:

Una «corrala», donde se acoge Manuel, el personaje de La mala hierba

de Pío Baroja, tras su empleo en tal imprenta:

 

«Jesús (un compañero de la imprenta) le llevó al parador de Santa

Casilda, en donde él vivía: un enorme caserón de un solo piso, con tres

patios muy grandes, que estaba en la ronda de Toledo... Le alquilaron

en el parador, por ocho reales a la quincena, un cuartucho con una

cama, una silla rota de paja y una estera, colgada del techo, que hacía

de puerta (Mala hierba, 139-140).

 

Corrala en el barrio de Lavapies

www.naneltve.com

 

 

 

 

 

Misericordia

Benito Pérez Galdós

Capítulo V, p. 45

Emprendieron su camino presurosos por la calle de Mesón de Paredes, hablando poco. Benina, más sofocada por la ansiedad que por la viveza del paso, echaba lumbre de su rostro, y cada vez que oía campanadas de relojes hacía una mueca de desesperación. El viento frío del Norte les empujaba por la calle abajo, hinchando sus ropas como velas de un barco. Las manos de uno y otro eran de hielo; sus narices rojas destilaban. Enronquecían sus voces; las palabras sonaban con oquedad fría y triste.  

No lejos del punto en que Mesón de Paredes desemboca en la Ronda de Toledo, hallaron el parador de Santa Casilda, vasta colmena de viviendas baratas alineadas en corredores sobrepuestos. Entrase a ella por un patio o corralón largo y estrecho, lleno de montones de basura, residuos, despojos y desperdicios de todo lo humano. El cuarto que habitaba Almudena era el último del piso bajo, al ras del suelo, y no había que franquear un solo escalón para penetrar en él. Componíase la vivienda de dos piezas separadas por una estera pendiente del techo: a un lado la cocina, a otro la sala, que también era alcoba o gabinete, con piso de tierra bien apisonado, paredes blancas, no tan sucias como otras del mismo caserón o humana madriguera. Una silla era el único mueble, pues la cama consistía en un jergón y mantas pardas, arrimado todo a un ángulo. La cocinilla no estaba desprovista de pucheros, cacerolas, botellas, ni tampoco de víveres. En el centro de la habitación, vio Benina un bulto negro, algo como un lío de ropa, o un costal abandonado. A la escasa luz que entraba después de cerrada la puerta, pudo observar que aquel bulto tenía vida. Por el tacto, más que por la vista, comprendió que era una persona.

 

Corrala de la calle Luís Peidro, en el barrio de “Las adelfas” o “Las Californias”.

Foto: Angel, 2006

 

Corrala de la Calle Mesón de Paredes, de finales del siglo XVIII, tomada en el año 1976

Fotos de “Corralas” de Madrid, en Flickr

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Capítulo XL

 

Foto de Ángel Rollón

http://www.galeriade.com/angel/details.php?image_id=150&sessionid=2affad3b27718d375ab09adbd45bcd68

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arco de cuchilleros, 1917.jpg

Arco de cuchilleros, Madrid, 1917

Foto actual e historia

 

 

Las adversidades se estrellaban ya en el corazón de Benina, como las vagas olas en el robusto cantil. Rompíanse con estruendo, se quebraban, se deshacían en blancas espumas, y nada más. Rechazada por la familia que había sustentado en días tristísimos de miseria y dolores sin cuento, no tardó en rehacerse de la profunda turbación que ingratitud tan notoria le produjo; su conciencia le dio inefables consuelos: miró la vida desde la altura en que su desprecio de la humana vanidad la ponía; vio en ridícula pequeñez a los seres que la rodeaban, y su espíritu se hizo fuerte y grande. Había alcanzado glorioso triunfo; sentíase victoriosa, después de haber perdido la batalla en el terreno material. Mas las satisfacciones íntimas de la victoria no la privaron de su don de gobierno, y atenta a las cosas materiales, acudió, al poco rato de apartarse de Juliana, a resolver lo más urgente en lo que a la vida corporal de ambos se refería. Era indispensable buscar albergue; después trataría de curar a Mordejai de su sarna o lo que fuese, pues abandonarle en tan lastimoso estado no lo haría por nada de este mundo, aunque ella se viera contagiada del asqueroso mal. Dirigiose con él a Santa Casilda, y hallando desocupado el cuartito que antes ocupó el moro con la Petra, lo tomó. Felizmente, la borracha se había ido con Diega a vivir en la Cava de San Miguel, detrás de la Escalerilla. Instalados en aquel escondrijo, que no carecía de comodidades, lo primero que hizo la anciana alcarreña fue traer agua, toda el agua que pudo, y lavarse bien y jabonarse el cuerpo; costumbre antigua en ella, que siempre que podía practicaba en casa de Doña Francisca. Luego se vistió de limpio. El bienestar que el aseo y la frescura daban a su cuerpo, se confundía en cierto modo con el descanso de su conciencia, en la cual también sentía algo como absoluta limpieza y frescor confortante.

Dedicose luego al arreglo de la casa, y con el poquito dinero que tenía hizo su compra, y le preparó a Mordejai una buena comida. Pensaba llevarlo a la consulta al día siguiente, y así se lo dijo, mostrándose el ciego conforme en todo con lo que la voluntad de ella quisiese determinar. Mientras comían, le entretuvo y alentó con esperanzas y palabras dulces, ofreciéndole ir, como él deseaba, a Jerusalén o un poquito más allá, en cuanto recobrara la salud.   Mientras no se le quitara el sarpullo, no había que pensar en viajes. Se estarían quietos, él en casa, ella saliendo a pedir sola todos los días para ver de sacar con qué vivir, que seguramente Dios no les dejaría morir de hambre. Tan contento se puso el ciego con el plan concebido y propuesto por su inteligente amiga, y con sus afectuosas expresiones, que rompió a cantar la melopea arábiga que ya le oyó Benina en el vertedero; pero como al huir de la pedrea había perdido el guitarrillo, no pudo acompañarse del son de aquel tosco instrumento. Después propuso a su compañera que echase el sahumerio, y ella lo hizo de buena gana, pues el humazo saneaba y aromatizaba la pobre habitación.

Salieron al día siguiente para la consulta; pero como les designaran para esta una hora de la tarde, entretuvieron la primera mitad del día pordioseando en varias calles, siempre con mucho cuidado de los guindillas, por no caer nuevamente en poder de los que echan el lazo a los mendigos, cual si fueran perros, para llevarlos al depósito, donde como a perros les tratan. Debe decirse que el ingrato proceder de Doña Paca no despertaba en Nina odio ni mala voluntad, y que la conformidad de esta con la ingratitud no le quitaba las ganas de ver a la infeliz señora, a quien entrañablemente quería, como  compañera de amarguras en tantos años. Ansiaba verla, aunque fuese de lejos, y llevada de esta querencia, se llegó a la calle de la Lechuga para atisbar a distancia discreta si la familia estaba en vías de mudanza, o se había mudado ya. ¡Qué a tiempo llegó! Hallábase en la puerta el carro, y los mozos metían trastos en él con la bárbara presteza que emplean en esta operación. Desde su atalaya reconoció Benina los muebles decrépitos, derrengados, y no pudo reprimir su emoción al verlos. Eran casi suyos, parte de su existencia, y en ellos veía, como en un espejo, la imagen de sus penas y alegrías; pensaba que si se acercase, los pobres trastos habían de decirle algo, o que llorarían con ella. Pero lo que la impresionó vivamente fue ver salir por el portal a Doña Paca y a Obdulia, con Polidura y Juliana, como si se fueran a la casa nueva, mientras las criadas elegantes se quedaban en la antigua, disponiendo la recogida y transporte de las menudencias, y de toda la morralla casera.

Turbada y confusa, Nina se escondió en un portal, para ver sin ser vista. ¡Qué desmejorada encontró a Doña Francisca! Llevaba un vestido nuevo; pero de tan nefanda hechura, como cortado y cosido de prisa, que parecía la pobre señora vestida de limosna. Cubría su cabeza con un manto, y Obdulia ostentaba un sombrerote con disformes ringorrangos y plumas. Andaba Doña Paca lentamente, la vista fija en el suelo, abrumada, melancólica, como si la llevaran entre guardias civiles. La niña reía, charlando con Polidura. Detrás iba Juliana arreándolos a todos, y mandándoles que fueran de prisa por el camino que les marcaba. No le faltaba más que el palo para parecerse a los que en vísperas de Navidad conducen por las calles las manadas de pavos. ¡Cómo se clareaba el despotismo hasta en sus menores movimientos! Doña Paca era la res humilde que va a donde la llevan, aunque sea al matadero; Juliana el pastor que guía y conduce. Desaparecieron en la Plaza Mayor, por la calle de Botoneras... Benina dio algunos pasos para ver el triste ganado, y cuando lo perdió de vista, se limpió las lágrimas que inundaban su rostro.

«¡Pobre señora mía! -dijo al ciego en cuanto se reunió con él-. La quiero como hermana, porque juntas hemos pasado muchas penas. Yo era todo para ella, y ella todo para mí. Me perdonaba mis faltas, y yo le perdonaba las suyas... ¡Qué triste va, quizás pensando en lo mal que se ha portado con la Nina! Parece que está peor del reúma, por lo que cojea, y su cara es de no haber comido en cuatro días. Yo la traía en palmitas, yo la engañaba con buena sombra, ocultándole nuestra miseria, y poniendo mi cara en vergüenza por darle de comer conforme a lo que era su gusto y costumbre... En fin, lo pasado, como dijo el otro, pasó. Vámonos, Almudena, vámonos de aquí, y quiera Dios que te pongas bueno pronto para tomar el caminito a Jerusalén, que no me asusta ya por lejos. Andando, andando, hijo, se llega de una parte del mundo a otra, y si por un lado sacamos el provecho de tomar el aire y de ver cosas nuevas, por otro sacamos la certeza de que todo es lo mismo, y que las partes del mundo son, un suponer, como el mundo en junto; quiere decirse, que en donde quiera que vivan los hombres, o verbigracia, mujeres, habrá ingratitud, egoísmo, y unos que manden a los otros y les cojan la voluntad. Por lo que debemos hacer lo que nos manda la conciencia, y dejar que se peleen aquellos por un hueso, como los perros; los otros por un juguete, como los niños, o estos por mangonear, como los mayores, y no reñir con nadie, y tomar lo que Dios nos ponga delante, como los pájaros... Vámonos hacia el Hospital, y no te pongas triste.

-Mí no triste -dijo Almudena-; estar tigo contentado... tú saber como Dios cosas tudas, y yo quirier ti como ángela bunita... Y si no quierer tú casar migo, ser tú madra mía, y yo niño tuyo bunito.

-Bueno, hombre; me parece muy bien.

-Y tú com palmera D'sierto granda, bunita; tú com zucena branca... llirio tú... Mí dicier ti amri: alma mía».

Mientras iba la infeliz pareja camino del Hospital, Doña Paca y su séquito, en dirección distinta, se aproximaban a su nueva casa, calle de Orellana: un tercero limpio, con los papeles y estucos nuevecitos, buenas luces, ventilación, cocina excelente, y precio acomodado a las circunstancias. Pareciole muy bien a Doña Francisca, cuando arriba llegó, sofocada de la interminable escalera; y si le parecía mal, cuidaba de no manifestarlo, abdicando en absoluto su voluntad y sus opiniones. El flexible, más que flexible, blanducho carácter de la viuda, se adaptaba al sentir y al pensar de Juliana; y viendo ésta que se le metía entre los dedos aquella miga de pan, hacía bolitas con ella. No respiraba Doña Paca sin permiso de la tirana, quien para los más insignificantes actos de la vida, tenía no pocas órdenes que dictar a la infeliz señora. Esta llegó a tenerle un miedo infantil; se sentía miga blanda dentro de la mano de bronce de la ribeteadora, y en verdad que no era sólo miedo, pues con él se mezclaba algo de respeto y admiración.

 

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http://www.flickr.com/photos/8230500@N04/2122877561/

De la Web Filckr:

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A raíz del incendio que sufrió la plaza Mayor en 1790, que arrasó la tercera parte del caserío, el arquitecto Juan de Villanueva se encargó de su reconstrucción consiguiendo una nueva relación de integración entre la plaza y su espacio circundante, al quedar completamente cerrada y nivelada en altura. La altura del caserío, que afectó a las casas de la manzana de la Cava de San Miguel, perdió dos plantas pues todo el conjunto debía tener la misma altura que la Casa de la Panadería.

La construcción de este arco esta relacionada con la reconstrucción y el cierre de la antigua Plaza Mayor por el arquitecto Juan de Villanueva, después del incendio ocurrido en el verano de 1790. Con esta reforma, la antigua plaza que construyera Juan Gómez de Mora, entre 1617 y 1619, no perdió su configuración rectangular, pero por medio de un sistema de arcadas se consiguió cerrar este recinto urbano y se rebajó la altura del caserío para homogeneizarlo con la que tenía la Casa de la Panadería, que se salvo de las llamas.

Una de estas arcadas, la que daba acceso a la plaza por el extremo sur occidental, es el Arco de Cuchilleros, llamado así porque en el caserío de sus alrededores, a la entrada y a ambos lados de la escalinata que lo precede, estuvieron ubicados los talleres del gremio de cuchilleros y espaderos, pues tenían como una de sus finalidades suministrar sus productos a las carnicerías establecidas en la Plaza Mayor.

 

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Comentario en Flickr

Fotos de “Corralas” de Madrid, en Flickr

 

Esta corrala va a ser desalojada en el otoño del 2006, segun informa el diario español El Pais del dia 28 de Agosto- www.elpais.es/articulo/madrid/Californias/ultimo/pueblo/c...
Dice el diario que " La antigua corrala, como la conocen en el barrio (en el solar del Varón), se mantiene, desde finales del siglo XIX, en pie a duras penas en una explanada llena de maleza, restos de coches y chatarra donde se construye un centro de día para mayores. El edificio, donde viven nueve familias, se salvará de la demolición por su antigüedad: está sujeto a protección estructural. Pero sus vecinos tendrán que dejarlo pronto. "Se lo cepillan por el mal estado en el que dicen que está. Llevamos un año recurriendo, pero el Ayuntamiento nos ha informado de que el desalojo se producirá en unas semanas", explica Moisés, uno de los residentes. La corrala conservará su fachada y albergará un centro cultural con biblioteca."

Mas información sobre este barrio y esta corrala en un documentado artículo de Enrique en esta dirección:
urbancidades.wordpress.com/2008/02/03/la-corrala-de-las-a... 

 

 

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