Skip navigation

5.1.Textos de Riña de gatos

Lectura

Lee el fragmento de Riña de gatos. Madrid, 1936.

Autor: Eduardo Mendoza. Editorial Seix Barral

Riña de gatos. Madrid, 1936
Eduardo Mendoza. Editorial Seix Barral. Riña de gatos, Madrid, 1936 (CC BY-NC-ND)


En el archivo de abajo.

Textos de Madrid, 1936. Riña de gatos

La perspectiva de José Antonio Primo de Rivera (Capítulo 17)

Textos de Madrid, 1936. Riña de gatos

Fragmentos del libro Riña de gatos. Madrid, 1936.
Eduardo Mendoza. Editorial Seix Barral. Fragmentos de Riña de gatos. Madrid, 1936 (CC BY-NC-ND)

Sigue leyendo en el archivo de abajo estos fragmentos de la novela. Lo ideal es que tengas el libro y puedas leerlo completo.

Puedes pedirlo prestado en una biblioteca (pregunta en tu centro)

Fragmentos de la novela Riña de gatos, Madrid, 1936

Lectura comprensiva

La perspectiva de Manuel Azaña (Capítulo 18)

 

Riña de gatos. Madrid, 1936

 Eduardo Mendoza. Editorial Seix Barral

 Capítulo 18

 

Le despertó con sobresalto un estampido lejano, como el producido por el disparo de un cañón de gran calibre. Acaba de comenzar algo terrible, pensó. Luego, como a la primera detonación no le siguió ninguna otra, Anthony decidió que tal vez aquélla formaba parte de un mal sueño. Para alejarlo se levantó, fue a la ventana y abrió los postigos. Todavía era de noche, pero el cielo tenía un color púrpura demasiado uniforme para atribuirlo al crepúsculo. Por la plaza no circulaban vehículos ni personas. Si ardiera Madrid, habría un gran griterío, se dijo, y no este silencio ominoso. Pero lo cierto es que reina la calma que, según dicen, hay en el centro de un huracán.

Volvió a la cama, cansado y aterido; el desasosiego no le permitió volver a conciliar el sueño. Había dejado abiertos los postigos y en el recuadro de la ventana vio clarear el día. Entonces se levantó, se enfundó en una gruesa bata de felpa y se asomó de nuevo. La plaza seguía desierta y de las calles aledañas no llegaba el ronquido de los camiones, ni el traqueteo de los carros en el empedrado, fi los cláxones de los coches ni ninguno de los ruidos habituales.

Oculta tras las fachadas, la villa y corte calla y espera. Con la primera luz del día se apagan las lámparas que han brillado toda la noche en la Dirección General de Seguridad, donde ahora don Alonso Mallol espera de un momento a otro la llegada del ministro de la Gobernación, que lleva horas reunido con el presidente del Consejo de Ministros.

Con el vuelco electoral del pasado 16 de febrero, el señor Mallol se ha hecho cargo de la Dirección General de Seguridad en un mal momento. Los conflictos se multiplican, las instrucciones emanadas del Gobierno son titubeantes y contradictorias, y ni siquiera sabe si puede confiar en sus propios subordinados, heredados del gobierno anterior, aunque también éste los heredó del anterior, y así hasta el infinito. En los puestos clave ha colocado a hombres que conoce a medias, fiado de su instinto, sin escuchar consejos ni leer informes probablemente tendenciosos; sabe que en Madrid cualquier informe se compone de una cuarta parte de verdad por tres de bulo. En cuanto al resto del personal, cuenta más con la inercia de los funcionarios que con su lealtad.

A las ocho en punto un ordenanza le anuncia la llegada del teniente coronel don Gumersindo Marañón. El Director General le hace pasar sin demora y el teniente coronel entra acompañado del renqueante capitán Coscolluela. Los saludos ceremoniosos se prolongan; luego los recién llegados dan el parte en términos escuetos y monótonos, como si la desgana fuera garantía de objetividad. Don Alonso escucha con atención, no en vano el teniente coronel es uno de sus hombres de confianza.

Aura Boreal
NASA.Tobias Billings. Aurora boreal roja (CC BY-NC-ND)

El relato ha sido monótono pero no tranquilizador: en Madrid y en el resto de España se han quemado varias iglesias. Por la hora en que se han producido los sucesos, no había fieles en los locales afectados, y los daños materiales han sido mínimos. En algunos casos los revoltosos se han limitado a quemar papeles y trapos en el atrio del templo y a hacer más humareda que otra cosa. Actos simbólicos, sin que se pueda descartar la autoría de la propia derecha con fines de provocación. Si es así, han conseguido su propósito, porque ha muerto un bombero en Madrid mientras trataba de sofocar uno de los incendios y se prepara una manifestación de repulsa a la que no faltarán los falangistas. Por si esto fuera poco, Falange Española ha convocado un acto en el cine Europa para el próximo sábado a las siete de la tarde. Un mes antes, con motivo de la campaña electoral, ya había celebrado un mitin en el mismo lugar, con afluencia de público. En aquella ocasión el asunto se saldó sin incidentes graves. Pero entonces cada partido estaba distraído con su propia campaña. Ahora las cosas son distintas. Don Alonso pregunta el motivo del mitin. El teniente coronel se encoge de hombros. No lo sabe; barrunta que será para justificar el descalabro de las elecciones, en las que la Falange no ha conseguido un solo escaño, y para plantear ante las bases la política futura. Falange no parece dispuesta a desaparecer, y si quiere seguir teniendo presencia en la vida política española, algo ha de inventar. Sea como fuere, el mitin promete ser un semillero de altercados.

El teniente coronel hace una pausa interrogativa y su jefe responde con un gesto de mudo asentimiento: autorizar la manifestación y el mitin es tan peligroso como prohibirlos; cualquier nimiedad puede prender la mecha que haga saltar el polvorín. Mejor dejar la decisión en manos del ministro de la Gobernación, el cual probablemente consultará con el presidente del Consejo de Ministros. Esta delegación sucesiva de responsabilidades no es una muestra de apocamiento ni de deferencia, sino puro sentido común: en toda España el presidente del Consejo es la única persona que todavía cree en una salida pacífica de la situación actual.

Este moderado optimismo no es gratuito. Don Manuel Azaña tiene una larga experiencia gubernamental y, como suele decirse, las ha visto de todos los colores. En 1931, recién proclamada la República, se hizo cargo del ministerio de la Guerra; poco después fue elegido presidente del Consejo de Ministros. En 1933 pasó a la oposición y ahora vuelve a presidir el Consejo, cuando el panorama no es sombrío, sino desesperado. Pero no para él: intelectual antes que político, siempre ha alcanzado las cimas del poder por las rápidas e imprevisibles corrientes de la Historia y no por su empeño, razón por la cual no conoce ni quiere conocer los repliegues más turbios de la política real, cosa que le reprochan sus adversarios y sus seguidores por igual. Quizá también por esta razón confía en una oposición leal, que no esté dispuesta a todo para arrebatar el poder a quien lo tiene momentáneamente, sin reparar en las consecuencias. A estas alturas todavía le parece posible solucionar mediante el diálogo y la negociación los problemas candentes de España: la agitación laboral, la reforma agraria, los enfrentamientos armados, la cuestión catalana.

Esta visión la comparten muy pocos. A diferencia de lo que sucedía en los primeros tiempos de la República, las organizaciones obreras han vuelto la espalda a los políticos y sólo vacilaciones y disidencias internas les retraen de echarse a la calle a tomar el poder por la fuerza. Motivos no les faltan: el Gobierno de derechas que precedió al actual hizo lo que pudo para invalidar los logros laborales alcanzados hasta el momento y reprimió la agitación con inusitada brutalidad. Hoy el Frente Popular trata de reconducir la situación pero choca con obstáculos formidables: la oposición, encabezada por Gil Robles, y Calvo Sotelo, torpedea en el Parlamento el programa de reforma social del nuevo Gobierno, mientras las poderosas fortunas españolas maniobran en las bolsas europeas para provocar la depreciación de la peseta, el aumento del paro y el hundimiento de la economía. La Iglesia y la prensa, mayoritariamente en manos de la derecha, agitan la opinión y siembran el pánico, y los intelectuales más influyentes (Ortega, Unamuno, Baroja, Azorín) reniegan de la República y piden un cambio drástico. En previsión de un golpe militar, que juzgan inminente, los sindicatos hacen colectas para comprar armas, y las milicias obreras montan guardia día y noche para intervenir a la primera señal de alarma.

Don Manuel Azaña conoce estos factores pero disiente de los demás en lo que se refiere a su trascendencia. En su opinión, los obreros no se decidirán a tomar la calle: los socialistas y los anarquistas no unirán sus fuerzas y los comunistas han recibido del Komintern órdenes tajantes de estar alerta y esperar; el momento no es propicio para la revolución, tratar de imponer la dictadura del proletariado sería un error de cálculo. Por la misma regla de tres, no da crédito a la posibilidad de un golpe de la derecha. Los monárquicos han ido a pedir a Gil Robles que se proclame dictador y Gil Robles se ha negado.

Ayuda en tu investigación

Puedes utilizar la información sobre los PARTIDOS POLÍTICOS activos en España de 1931 a 1936:

Blog Comprender la Historia y la Geografía.

Lectura comprensiva

Todo bajo la perspectiva del protagonista de la novela, el inglés Anthony Withelands: el punto de vista que el narrador toma para contar la historia

Por la ventana entra un sol pálido y de la calle sube el atenuado rumor del bullicio urbano. A esa misma hora, ajeno al escrutinio de que está siendo objeto, Anthony Whitelands se desayuna con café con leche y porras en un bar de la plaza de Santa Ana mientras hojea la prensa diaria con preocupación. Se ha contagiado de la incertidumbre general, pero como buen inglés, no comprende el silencio de los medios de información sobre asuntos que tienen al país en vilo. No ignora la severa censura impuesta por el Gobierno, porque los propios periódicos destacan en la primera página y con grandes letras el atropello de que son víctimas, pero no entiende la utilidad de una medida que desacredita al Gobierno y produce el efecto opuesto al que persigue.

A falta de información regular, circula un sinfín de rumores que la imaginación popular trasforma y exagera hasta la desmesura. Todo el mundo asegura recibir de buena fuente noticias sensacionales y conocer secretos gravísimos que no tiene el menor reparo en difundir a los cuatro vientos. Los conductos por donde circula este tipo de información son variadísimos y complejos, porque la sociabilidad de los españoles no tiene límites. En las tabernas y los cafés, en las oficinas y las tiendas, en los transportes públicos y en los patios de vecindad, el pueblo cuenta, comenta y discute con conocidos y desconocidos, con mucho aplomo y a grandes voces, el presente y el futuro de la azarosa realidad española.

A más alto nivel ocurre lo mismo, pero aquí se añade un factor de confusión adicional, porque la filiación política de cada cual coexiste con su círculo familiar y profesional, el club deportivo y el centro cultural o recreativo al que pertenece. El furibundo derechista y el furibundo izquierdista pueden coincidir en los toros o en el fútbol e intercambiar nuevas y datos sobre tal o cual tema, sobre tal o cual persona o sobre tal o cual escándalo; y lo mismo sucede en el Ateneo, o a la salida de misa, o en la logia masónica. De todos estos medios, el español en general y el madrileño en particular obtiene información, unas veces verídica y otras falsa, sin que nada le permita discernir la una de la otra.

De todo esto, Anthony Whitelands tiene una vaga idea, pero su conocimiento de España es profundo en algunos aspectos y muy superficial en otros, y se pierde fácilmente en el laberinto de hechos, conjeturas y fantasías en que se encuentra inmerso. Por añadidura, le absorben sus propias preocupaciones.

El editorial de ABC clama contra la inacción del Gobierno ante los actos vandálicos en iglesias y conventos. ¿Cuántas desgracias personales y cuánta destrucción del patrimonio artístico habremos de lamentar antes de que el señor Azaña se digne tomar medidas contundentes contra los infractores? ¿Habremos de esperar a que el populacho haga extensivo su odio a otros sectores de la sociedad y empiece a quemar las casas de los ciudadanos con éstos dentro?

Sería conveniente que pudieras leer el libro completo.

Puedes pedirlo prestado en una biblioteca (pregunta en tu centro)

Después de la lectura de estos fragmentos de la novela, tienes más datos para vislumbrar el significado de la metáfora de la casa desaparecida.