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La noche de San Juan en Santiago del Estero

Alberto Tasso

             

Al foro de Realidad y Ficción, a los amigos y amigas que este año me han estimulado con sus palabras y su percepción de lo que vive (en la flor, el estanque, el hijo, el pájaro y la pájara) procurando ponerla en sinfonía de aula.

 

      Han recordado a la noche de San Juan, y esto me trae una reminiscencia histórica que quiero contarles. Pero antes de eso vale la pena decir que la ciudad en la que vivo es la primera heredera del vínculo de esta región con España, antes que existiese aún Argentina, y por eso no es nada casual que nuestra relación haya surgido.

 

     Si hace falta un detalle para ilustrar la historia, les diré que está en mi mesa la carta que escribió el Marqués de Salinas por voz de “Don Felipe por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.”  Fiel en la copia he sido, ya que me manejo con las reglas del copista de archivo. Felipe II firmó esa carta el veinte de julio de 1617, en San Lorenzo, que ustedes me dirán donde queda.

 

     En esa carta nombraba, por encargo de “Su Santidad (el Papa, que vivía en Roma), a la persona del doctor don Julián de Cortazar para el obispado de la dicha provincia del Tucumán (cuya sede fue Santiago del Estero desde su creación en 1590) que estaba vaca por el fallecimiento de don fray Fernando de Trejo”, que había sido el segundo obispo y el fundador de la primera institución de educación superior que se estableció en estas tierras de lo que hoy es Argentina. Nada menos que la universidad de Santrago del Hastío, en la hoy funjo como salamanquero con dedicación simple.

 

     Por estas razones, y otras más, esta ciudad en la que nací a mi vida adulta número equis cuando tenía 23 años, en 1967, me ha hecho ser consciente de la gravitación de las instituciones españoles en la formación de la Argentina, un hecho incontrastable que sin embargo ha sido negado una y otra vez por el díscolo espíritu juvenil argentino, tan dado a la innovación de creer que “al mundo lo inventé yo”. El maestro José Ortega y Gasset nos lo dijo, con otra frase más ingeniosa, en 1927, en la que criticó la suficiencia de cierta pose “nacional” que, pudiendo enorgullecernos, también nos empequeñece con la soberbia del recienvenido. Lo estamos pagando duro, y ojalá aprendamos.

 

     No quiero aburrirlos, voy al tema. San Juan. Veintitantos de junio. Invierno frío en latitud austral, y aunque Santrago del Estío es cálida y de veranos densos, cuando hace frío, hace frío. Sin nieve, eso sí. Extremos de 8º bajo cero, al amanecer. El frío quema hojas y frutos y la leña es bendita. Nuestra tierra es de árboles, de muy altos quebrachos y algarrobos de copa sedosa que si no cantó alguno de esos divinos hermanos Antonio y Manuel Machado, fue porque no tuvieron tiempo y se entretuvieron demasiado en los chopos. Los entiendo: yo estuve en las riberas del Duero, para entrañarme con ellos.

 

San Juan, invierno, frío. Recesión vegetal. Si no hay reserva, hambre. Lo decía mi papá. Y cómo duele el hambre más el frío. El solsticio de invierno. Los incas y los mayas sabían esto, y lo enseñaron en códices secretos y en monumentos de piedra para mirar al sol. Estuve ahí una vez, en Tiahuanaco, a 20 km de La Paz, junto a Luis Ponce.

 

     El año tiene dos extremos: verano-invierno, que son vida y muerte. No sé cómo se habrá trasladado ese calendario biótico al calendario económico, pero lo cierto es que el verano ha sido tiempo de maduración, de riego, de cosecha, de fiesta saturnal en carnavales de música y aloja y amores encendidos, y el invierno de duelo, zozobra, privación. El invierno era el tiempo para pagar el diezmo, que todos sabemos de qué se trata. En cualquier caso, el tiempo indicado para morir. Pasado agosto, estaremos a salvo.

 

     Además, coincidía con el final de las pariciones de las vidas engendradas por las ganaderías que cubrían estas pampas alimentadas por el calor y las pasturas. Se hace la “yerra”, operación consistente en aplicar la marca sobre el novillo o la vaquillona joven. Así se despunta a la madurez en la especie vacuna, tan parecida a los rebaños jóvenes que todos integramos, recibiendo aquí y allá el hierro caliente de las incitaciones. Son muchos los que quieren ponernos en su rodeo.

 

     Adultos somos, entonces, y es invierno, y hace frío. El día de San Juan en esta tierra era el último día para el pago del diezmo, que se efectivizaba principalmente en especies. De diez terneros, uno para el clero. Dejo a los contribuyentes in pectore la sensación de ese día ritual, de alto significado siempre, ya que es garantía de pertenencia estatal si no de inclusión social, pero que de todos modos era sorteado a veces mediante argucias de ocultamiento para pagar menos. Establecer la ley y burlarla es entremés general, del cual ha surgido el derecho, y España lo tiene rico, como prueba de la importancia que le da a la ley y a la burla. Presumo que aquí también lo practicamos con variantes propias que otro día les relataré.

 

     Pues bien, en el día de San Juan sucede la escena que quiero referirles. Esto pasó en 1699: unos ochenta años después de aquella carta de Felipe, llegó a Santiago del Estero la carta de otro rey que disponía el traslado de la sede del Obispado a la ciudad de Córdoba, distante 500 km.

 

     El edificio de la catedral no se podía trasladar. Los santiagueños lo habían construido mediante brazos de indios ya tres veces. Una inundación una vez, el fuego otra y el salitre siempre lo habían destruido. Ahora, los funcionarios coloniales –el gobernador y su pequeño séquito, el obispo y su pequeño séquito- ya no gustaban de esta ciudad empobrecida por la guerra y asediada por el monte y los fantasmas que crecían en los bordes y no podían comprender. Prefirieron otra ciudad para el obispado, que fue Córdoba, y otra ciudad para la sede de gobierno, que fue Salta.

 

     Así, Santiago del Estero resultó partida como el inca Atahualpa, y la historia de esta privación de poder, llámese pérdida, retroceso o cultural lag ha marcado a esta provincia histórica, que en 1568 había sido beneficiada por un real decreto que la nombra “muy noble y leal”. Los santiagueños, que tienen en alta estima a su historia, me han comunicado este recuerdo.

 

     Un mes antes había llegado el delegado del nuevo obispo que se apellidaba Mercadillo. El hombre estaba en Buenos Aires y ni se dignó venir. Aquí no es bien recordado aunque en Córdoba le hicieron un monumento. Sus razones tendrán esos cordobeses que son tan créidos. Mandó la cédula real que disponía el traslado, que se esperaba desde hacía por lo menos diez años. Es que los santiagueños han aprendido a esperar. Lo cierto es que después llegaron tres carretas. Y justo el día se San Juan, entremedio las fogatas, se completó la caja:

-¿Pagaron todos?

-Sí monseñor, salvo unos poquitos.

-Pues les cobran y venimos a buscarlo.

-Cómo no, también vengan a buscar un cerro de aca. (mierda, en quichua)

 

      Los santiagueños son de respuesta rápida.

 

     Los emisarios del nuevo obispo cargaron en las carretas todo lo que había en la catedral, las figuras de bulto, el ornamento de damasco, el cíngulo, los candelabros de siete velas, el Jesús crucificado labrado en palo rosa que hizo un tallista que trajeron del Paraguay en tiempos del obispo Torres. Se llevaron las velas, hasta los esclavos, y esa negrita linda que me quedé mirando.

 

     Esa noche, tal vez sólo esa noche, pero yo sé que fueron muchas más, cobró forma en el sentir de los santiagueños el sentir dividido hacia el poder. Confían y desconfían al mismo tiempo. Los opuestos se necesitan, se asedian, se cortejan, se reclaman. Es la ley del Tao.

  

     Tal vez por eso me siento aquí tan a gusto, en los confines de occidente, donde se desconfía hasta de lo que se tiene en mente.

 

     Por eso, la noche de San Juan contiene este complejo significado de múltiples lecturas según la lente que se utilice.

 

     Desde el orgullo colonial es una pérdida, que sin duda se expresó en merma de doblones y platines para tanto asalariado episcopal, y tanta clase ociosa que puebla todo pueblo colonial. A más de la elite afectó a los sectores populares, desde los fabricantes de velas hasta los cantores nativos, que siempre fueron bien pagados en el ceremonial eclesiástico por sus ricas voces sensitivas. El santiagueño es cantor y sabe bailar. Hay en él un gitano más un indio y un negro.

 

     Miro ahora San Juan desde la óptica de mi vida, que es la de mis hijas e hijos, y al mismo tiempo la de mi papá y mi mamá. Tener es no tener.

 

     Gracias a ese día de San Juan, Santiago del Estero, peregrina ciudad del Barco que replicó el camino a Compostela en tierra americana, (como yo proyecto hacerlo dentro de unos años siguiendo las huellas de nuestro Orestes Di Lullo y vuestro Azorín, de mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo, peregrinos todos, porque para esto sirven las historias de familia) puede decir, como cierto poeta cuyo nombre no acierto a recordar:

 

-    Tengo por bien perdido lo ganado / tengo por bien ganado lo perdido.

 

    Y luego agrego: hace trescientos nueve años sucedió esa historia. Pero los sentimientos no conocen la medida del tiempo.

  Alberto R. Tasso

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© Alberto R. Tasso.

Sociólogo y escritor, investigador del CONICET y profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE). Integra la Comisión Directiva de la Biblioteca Sarmiento y atiende la sala de lectura de la Biblioteca Popular Amalio Olmos Castro. Fue delegado del Fondo Nacional de las Artes en Santiago del Estero desde 2003 hasta 2006. Ha publicado varios libros de poesía, cuentos, sociología e historia, entre ellos Manual del bibliotecario aficionado. En 2002 se graduó como Doctor en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Con Pablo Tasso coordina el sello Barco Édita.

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Revista DIOTIMA DE MANTINEA

Revista de Lectura y creación. ISSN:  1698 - 2622

Número 6: junio de 2008

 
 

 

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